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“El Capital”, más actual que nunca –

Desde Chile:

Por ALVARO RAMIS

CARLOS Marx y su hija Jenny (Londres, enero de 1869).

En 2017 conmemoraremos los 150 años de la publicación del primer tomo de El Capital, de Carlos Marx. Se trata de un hito mundial que no debe pasar inadvertido, entre otras razones porque la obra magna de Marx continúa siendo criterio ineludible a la hora de entender el tiempo en que vivimos. Con El Capital Marx logró el objetivo fundamental que se propuso: realizar una “crítica a la economía política”, entendida como aquellas relaciones de producción que involucran a las clases sociales. Se trata de una “crítica” en el sentido que Kant le da a este término: someter al juicio de la razón resolver, en lo posible, las distintas interpretaciones de un fenómeno. Y Marx propone su propia interpretación, que en estos 150 años ha obligado a derramar literalmente miles de litros y litros de tinta, tanto para intentar rebatirle, reinterpretarle o para reafirmar sus argumentos.

 

¿Puede haber, luego de tantos años, algo nuevo que decir sobre El Capital? Por supuesto, en tanto esta obra no es un punto de llegada, sino el inicio de un método. Marx no buscó dar respuesta a lo que describe en los dos primeros tomos de su obra. Las propuestas de salida sólo quedaron insinuadas y bosquejadas en el tomo III, que quedó inconcluso por su muerte. Por eso El Capital es ante todo una compleja lección de anatomía del capitalismo, y más ampliamente, de las relaciones políticas y culturales asociadas a sus lazos económicos. Sus argumentos constituyen hipótesis de trabajo, no son dogmas ni creencias, sino líneas de investigación. De esa manera, si aplicamos algunos de los conceptos que acuña Marx en El Capital podríamos entender mejor una serie de procesos del Chile actual, que la ciencia económica y sociológica que normalmente se enseña en las Facultades no logra descifrar. Veamos algunos casos:
Vivimos bajo un “modo de producción”: Para mucha gente, incluso gente muy bien formada, sólo hay una “economía”. Se habla de la opinión de los “economistas”, entendiendo por ello a los economistas ortodoxos, que asumen como natural e inevitable el mundo en que vivimos. No les importa cómo hemos llegado a este punto en la evolución económica. Sólo les interesa saber cómo funciona, y a partir de eso hacerla funcionar mejor, dentro de su propia lógica de funcionamiento. Pero Marx nos recuerda que existen muchos modos de producción que cambian y evolucionan históricamente. Y por lo tanto, la economía es fruto de relaciones de poder, de intereses de clases, de confrontaciones entre actores sociales que usan distintas tecnologías, formas de distribución e intercambio.

Marx nos diría que Chile ha devenido en lo que hoy es. No nació así. Por siglos fuimos la más pobre colonia española en América, mucho más pobre que Perú y Bolivia, ricas en minas de oro y plata. Pero esta pobre colonia podía producir trigo, cueros y alimentos para abastecer esos mercados más ricos. Paradojalmente, esta relación económica fue favoreciendo a la clase agrario-latifundista de nuestros fundos. Entusiasmados por esta nueva relación económica, nuestra oligarquía fraguó una alianza con el capital transnacional, especialmente el inglés, para arrebatar a nuestros vecinos del norte buena parte de su territorio y riquezas. Chile se estructuró entonces como una “mesa de tres patas”: una pata en la agricultura en el sur, otra pata en la minería en el norte y la última pata, en el sector financiero exportador en Santiago y Valparaíso. Poco a poco, en este baile empezó a emerger un actor nuevo: la industria. Un actor que reclamaba mercados protegidos para desarrollarse. Y para eso un Estado desarrollista, activo, fuerte. Al amparo de esa industria naciente fue surgiendo una clase obrera, distinta a la clase campesina y a los trabajadores mineros. La demanda social exigió entonces grandes reformas al orden tradicional, las que llegaron en plenitud entre 1970 y 1973. El golpe de Estado, por lo tanto, no fue sólo el golpe contra un gobierno. Fue la reacción de las patas tradicionales de la mesa chilena, que volvieron al ciclo inicial: mataron el ciclo industrializador, y volvieron a hacer de Chile un país exportador de recursos naturales. Un gran fundo, equipado con la última tecnología, pero con relaciones laborales propias del siglo XIX. A pesar del aparente “desarrollo”, para Marx el Chile de hoy no sería un país capitalista moderno. Inglaterra en el siglo XIX nos aventajaría por mucho. Somos un país extractivista, que mantiene una estructura social que no es plenamente “capitalista”, porque mantiene fuertes rasgos oligárquicos que le impiden entrar en los parámetros de la verdadera “modernidad”.

Nada se entiende en Chile sin la “acumulación originaria”: El Capital de Marx nos permite entender fenómenos que la economía ortodoxa no quiere ni mirar. Por ejemplo, ¿cuál es la raíz del conflicto entre el Estado de Chile y el pueblo mapuche? Los analistas funcionalistas dirían que es por la pobreza de unas comunidades atrasadas en el sur. Y ahí se quedan. Nunca explican cómo unas comunidades que hasta el siglo XIX eran riquísimas, porque controlaban millones de hectáreas en Argentina y Chile, se vieron reducidas a pequeñas parcelas de tierra pobrísima, al margen de toda posibilidad de crecer. Este proceso, que los historiadores chilenos llamaron “pacificación de La Araucanía” y los de Argentina “conquista del desierto”, Marx lo llama “acumulación originaria” y describe el ciclo por el cual se produce la desvinculación del productor de sus medios de producción, mediante la violencia, la conquista, la piratería y el robo.
Chile entero no se entiende en absoluto sin esos procesos de “acumulación originaria”, respecto a los pueblos indígenas en primer lugar, y luego a los nuevos habitantes de los demás territorios. Es lo que David Harvey llama la “acumulación por desposesión”, que consiste en el despojo violento de un bien común que pasa a ser una mercancía. Los ejemplos nos rodean: la educación y la salud que eran un servicio público, fueron arrebatados para convertirse en mercancías en los nuevos mercados de los servicios. Las pensiones, que no eran más que un mecanismo de solidaridad intergeneracional, se convirtieron en fondos especulativos, basados en el ahorro forzoso de los trabajadores, para alimentar a la industria financiera. Todo lo susceptible de ser apropiado, cercado, envuelto y comercializado, ha sido arrebatado a sus dueños originales para ser puesto a la venta. El desarrollo de todas las grandes fortunas de Chile sólo se puede explicar por esta acumulación originaria. Incluyendo la enorme privatización de recursos y empresas públicas entre 1973 y 1989, que pasó a ser patrimonio de capitales chilenos en alianza con las transnacionales.

Un país fascinado por el fetichismo del dinero y la mercancía: A los economistas funcionalistas y neoliberales les es imposible explicar un fenómeno que ocurre a cada instante ante sus ojos. ¿Cómo es posible que objetos y mercancías cuyo “valor de uso” es tan bajo, incrementen su “valor de cambio” hasta niveles absurdos, por razones inexplicables? Por ejemplo, producir en China un par de zapatillas Nike Air no supera los 1.800 pesos chilenos. Pero en nuestras multitiendas se venden a 45.000 pesos. ¿Qué es lo que realmente se está vendiendo ahí? ¿Un calzado o un fetiche mágico? Para Marx no hay duda: es un fetiche, en el sentido duro del término. Un fetiche es un objeto al que se le atribuyen poderes mágicos o sobrenaturales que benefician a su dueño o portador.
El comprador del fetiche Nike cree firmemente que al usarlas se le reconocerá de otra manera. Si es un joven poblador se le abrirán puertas cerradas en las mentes y corazones de quienes le observen. La mujer que compra un bolso Louis Vuitton cree entrar por un instante en un paraíso de elegancia, bienestar, admiración. El futbolista que compra el último Ferrari vive un éxtasis de autoestima increíble. Pero a los pocos días el poblador descubre que sus Nike no le eximen de la detención por sospecha, la señora descubre que el Louis Vuitton no le protege de los chismes de sus amigas y el futbolista se da cuenta que su nuevo auto no es más que alimento para los periodistas de farándula. Por lo tanto, los objetos anhelados pierden su poder mágico, y hay que volver a comprar otros que los sustituyan.


Marx se dio cuenta hace 150 años de algo que los economistas de hoy saben aprovechar muy bien, pero no saben explicar. Las mercancías no se consumen por su valor de uso sino por las características fetichistas que adquieren como valor de cambio, ya que bajo el capitalismo uno vale por lo que tiene, no por lo que es o lo que hace; lo cual lleva a que las personas se expresen por medio de sus posesiones. Chile es un país donde esta dinámica perversa ha llegado a niveles aberrantes. La prensa financiera informa que “el mercado del lujo en 2015 alcanzó los 500 millones de dólares de ventas en nuestro país”, y se espera que crezca un 53% entre 2016 y 2019. Es el mismo país donde el 10% más rico gana 26 veces más que el 10% más pobre.
Y la noción de plusvalía: Tal vez el concepto más integrador de toda El Capital es la idea de plusvalor, que Marx expone en su teoría del valor-trabajo. Sin ella no se entienden las relaciones de explotación bajo el capitalismo. Por años se dijo que este concepto estaba superado, que era necesario abandonarlo, pero inevitablemente, regresa a escena, corregido, matizado, pero igualmente real y concreto. El último testigo de su existencia es el famoso economista francés Thomas Piketty en su colosal obra El Capital en el siglo XXI, donde por sus propios cálculos y medios de investigación llega a formular lo que llama “la primera ley del capitalismo”. En qué consiste esta ley: Piketty resume esta idea en su fórmula r > g , donde r representa la tasa media anual de rendimiento del capital (es decir, beneficios, dividendos, intereses y rentas) y g representa la tasa de crecimiento económico. En otras palabras, la riqueza acumulada crece más rápido que los ingresos del trabajo. Por tanto, los ricos se hacen más ricos, mientras todos los que dependen de los ingresos de su trabajo, quedan atrás. Es la renta del capitalista. Nada conceptualmente nuevo para Marx. Pero algo muy novedoso para toda la economía ortodoxa que no puede explicar el extraño residuo oculto que explica la desigualdad y la miseria, la extrema riqueza y la extrema pobreza bajo el reinado del capitalismo.

 

 


Por ALVARO RAMIS | (Publicado en “Punto Final”, edición Nº 868, 6 de enero 2017) | puntofinal.cl/868/marx868.php


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