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Una historia incómoda y silenciada

 

Por Víctor J. Maicas – 

En ocasiones, cuando uno trata de buscar los porqués a la gran debacle de la economía española que se produjo después de la conquista de América (convirtiéndose entonces por este hecho en la mayor potencia mundial de la época), siempre suele recordar todo aquello que le contaron en sus tiempos de estudiante ya bien por medio de los profesores o de los libros de texto de aquel tiempo. Es más, también solemos basarnos en todo lo leído al respecto por otros cauces e igualmente en lo que por regla general nos transmiten los medios de comunicación al hablarnos de aquella época.

Y es entonces cuando, si uno quiere ser reflexivo y anhela saber la verdad, recurre a ese tipo de escritos silenciados y que no suelen aparecer ya no solo en nuestros más que manipulados medios de comunicación, sino tampoco en esas historias que a una gran parte de los estudiantes, ya sean niños, adolescentes o estén en edad adulta, nos contaron en las aulas, tal y como he dicho hace un momento.

Verán, digo esto porque releyendo “Las venas abiertas de América Latina”, un aclamado ensayo de Eduardo Galeano publicado hace ya más de cuarenta años (en 1971), me doy cuenta que en esa fecha de 1971 yo tenía tan solo siete años y, de no haber leído este libro (que por cierto está muy bien documentado), probablemente hubiera tardado mucho en averiguar esa verdad tan incómoda que se oculta a la ciudadanía, pues ni en las aulas, ni en los libros de texto y por supuesto tampoco en nuestros “afamados” medios de “incomunicación” me hablaron nunca de ello de una forma tan clara y precisa. Al menos no se nos contó, en líneas generales, con esa claridad y contundencia puesto que lo que se solía resaltar eran las grandes hazañas de los conquistadores y lo magnífico y esplendoroso que fue el “Imperio Español” (y me temo que en la actualidad esté pasando algo parecido con eso de enaltecer la imagen de un Imperio que, sin lugar a dudas, no fue tan esplendoroso como nos contaron en su día y que, según parece, algunos todavía nos cuentan incluso a día de hoy).

Sí, les estoy hablando de esa historia incómoda y en cierto modo silenciada que supuso realmente la conquista de América y todo aquello que no nos han contado. Así pues, y para intentar esclarecer ese declive tan vertiginoso de esa “Gran España Imperial” que siempre nos han vendido, a continuación les voy a transcribir unos cuantos párrafos de este magnífico libro de Galeano (el cual les recomiendo leer si no lo han hecho ya) para que puedan ver que, por desgracia, este país siempre ha solido tener (salvo honrosas excepciones) unos dirigentes que de una u otra forma lo han llevado a la ruina. Resalto pues, en negrilla, algunos textos muy esclarecedores de uno de los capítulos que lleva por título “España tenía la vaca, pero otros tomaban la leche”:

Entre 1503 y 1660, llegaron al puerto de Sevilla 185 mil kilos de oro y 16 millones de kilos de plata. La plata transportada a España en poco más de un siglo y medio, excedía tres veces el total de las reservas europeas. Y estas cifras, cortas, no incluyen el contrabando.

Los metales arrebatados a los nuevos dominios coloniales estimularon el desarrollo económico europeo y hasta puede decirse que lo hicieron posible. Ni siquiera los efectos de la conquista de los tesoros persas que Alejandro Magno volcó sobre el mundo helénico podrían compararse con la magnitud de esta formidable contribución de América al progreso ajeno. No al de España, por cierto, aunque a España pertenecían las fuentes de la plata americana. Como se decía en el siglo XVII, “España es como la boca que recibe los alimentos, los mastica, los tritura, para enviarlos enseguida a los demás órganos, y no retiene de ellos por su parte, más que un gusto fugitivo o las partículas que por casualidad se agarran a sus dientes”. Los españoles tenían la vaca, pero eran otros quienes bebían la leche.

Bien, pues leídos estos primeros párrafos, supongo que muchos de ustedes se preguntarán qué estaba ocurriendo para que, siendo en teoría tan rico, el país y sus gentes no levantaran cabeza (salvo unos cuantos privilegiados, como siempre). Bueno, pues tal explicación se puede ver, claramente, en estos otros párrafos del libro:

Los acreedores del reino, en su mayoría extranjeros, vaciaban sistemáticamente las arcas de la Casa de Contratación de Sevilla.

La corona estaba hipotecada. Cedía por adelantado casi todos los cargamentos de plata a los banqueros alemanes, genoveses, flamencos y españoles. También los impuestos recaudados dentro de España corrían, en gran medida, esta suerte: en 1543, un 65 por ciento del total de las rentas reales se destinaba al pago de las anualidades de los títulos de deuda. Sólo en mínima medida la plata americana se incorporaba a la economía española; aunque quedara formalmente registrada en Sevilla, iba a parar a manos de los Függer, poderosos banqueros (…), y de otros grandes prestamistas de la época, al estilo de los Welser, los Shetz o los Grimaldi. La plata se dedicaba también al pago de exportaciones de mercaderías no españolas con destino al Nuevo Mundo.

Aquel imperio rico tenía una metrópoli pobre (…) La Corona abría por todas partes frentes de guerra mientras la aristocracia se consagraba al despilfarro y se multiplicaban, en suelo español, los curas y los guerreros, los nobles y los mendigos, al mismo ritmo frenético en que crecían los precios de las cosas y las tasas de interés del dinero. La industria moría al nacer en aquel reino de los vastos latifundios estériles, y la enferma economía española no podía resistir el brusco impacto del alza de la demanda de alimentos y mercancías que era la inevitable consecuencia de la expansión colonial. (…) Colbert escribía: “Cuanto más comercio con los españoles tiene un estado, más plata tiene”. Había una aguda lucha europea por la conquista del mercado español que implicaba el mercado y la plata de América. Un memorial francés de fines del siglo XVII nos permite saber que España sólo dominaba, por entonces, el cinco por ciento del comercio con “sus” posesiones coloniales de más allá del océano, pese al espejismo jurídico del monopolio: cerca de una tercera parte del total estaba en manos de holandeses y flamencos, una cuarta parte pertenecía a los franceses, los genoveses controlaban más del veinte por ciento, los ingleses el diez y los alemanes algo menos. América era un negocio europeo.

Bien, pues tras estos otros párrafos que nos dejan claro que todo era un espejismo y que la historia de grandeza que nos contaban en las aulas no era tal, veamos qué es aquello que hicieron los gobernantes españoles de aquella época para que se llegara a tal situación tan, en cierto modo, surrealista. Seguimos pues con otros párrafos del gran libro de Galeano para encontrar esa explicación:

Carlos V, heredero de los Césares en el Sacro Imperio por elección comprada, (…) gobernaba rodeado por un séquito de flamencos rapaces a los que extendía salvoconductos para sacar de España mulas y caballos cargados de oro y joyas y a los que también recompensaba otorgándoles obispados y arzobispados, títulos burocráticos y hasta la primera licencia para conducir esclavos negros a las colonias americanas. Lanzado a la persecución del demonio por toda Europa, Carlos V extenuaba el tesoro de América en sus guerras religiosas. La dinastía de los Habsburgo no se agotó con su muerte; España habría de padecer el reinado de los Austria durante casi dos siglos. El gran adalid de la Contrarreforma fue su hijo Felipe II. (…) Felipe II puso en funcionamiento, a escala universal, la terrible maquinaria de la Inquisición, y abatió sus ejércitos sobre los centros de la herejía. El calvinismo había hecho presa en Holanda, Inglaterra y Francia, y los turcos encarnaban el peligro del retorno de la religión de Alá. El salvacionismo costaba caro.

Ardían también los herejes o los sospechosos de herejía, achicharrados por las llamas purificadoras de la Inquisición; Torquemada incendiaba los libros y el rabo del diablo asomaba por todos los rincones (…). “La perpetuación de la cruzada -dice Elliott en su obra ya citada- entrañaba la perpetuación de la arcaica organización social de una nación de cruzados”. Los metales de América, delirio y ruina de España, proporcionaban medios para pelear contra las nacientes fuerzas de la economía moderna. Ya Carlos V había aplastado a la burguesía castellana en la guerra de los comuneros, que se había convertido en una revolución social contra la nobleza, sus propiedades y sus privilegios. El levantamiento fue derrotado a partir de la traición de la ciudad de Burgos (…); extinguidos los últimos fuegos rebeldes, Carlos V regresó a España acompañado de cuatro mil soldados alemanes. Simultáneamente, fue también ahogada en sangre la muy radical insurrección de los tejedores, hilanderos y artesanos que habían tomado el poder en la ciudad de Valencia y lo habían extendido por toda la comarca.

La defensa de la fe católica resultaba una máscara para la lucha contra la historia. La expulsión de los judíos –españoles de religión judía- había privado a España, en tiempos de los Reyes Católicos, de muchos artesanos hábiles y de capitales imprescindibles. Se considera no tan importante la expulsión de los árabes –españoles, en realidad, de religión musulmana- aunque en 1609 nada menos que 275 mil fueron arriados a la frontera y ello tuvo desastrosos efectos sobre la economía valenciana, y los fértiles campos del sur del Ebro, en Aragón, quedaron arruinados. Anteriormente, Felipe II había echado, por motivos religiosos, a millares de artesanos flamencos convictos o sospechosos de protestantismo: Inglaterra los acogió en su suelo, y allí dieron un importante impulso a las manufacturas británicas.

Los capitalistas españoles se convertían en rentistas, a través de la compra de los títulos de deuda de la Corona, y no invertían sus capitales en el desarrollo industrial. El excedente económico derivaba hacia cauces improductivos: los viejos ricos, señores de horca y cuchillo, dueños de las tierras y de los títulos de nobleza, levantaban palacios y acumulaban joyas; los nuevos ricos, especuladores y mercaderes, compraban tierras y títulos de nobleza. Ni unos ni otros pagaban prácticamente impuestos, ni podían ser encarcelados por deudas. Quien se dedicara a una actividad industrial perdía automáticamente su carta de hidalguía.

Bueno, pues leídos ya estos otros párrafos, supongo que muchos de ustedes estarán pensando que, a pesar de haber pasado ya varios siglos desde entonces, en algunos aspectos las cosas siguen casi exactamente igual que en aquella época (la especulación de los ricos sin invertir en economía productiva, compra de la deuda del Estado para hacer negocio, estar casi exentos de pagar impuestos de forma proporcional respecto al pueblo llano…). Pero sigamos viendo en otros párrafos cómo y de qué forma la incoherencia y el absurdo reinaba en aquella época, al igual que sigue pasando hoy en día en algunos aspectos:

Cada año entre ochocientas y mil naves descargaban en España los productos industrializados por otros. Se llevaban la plata de América y la lana española, que marchaba rumbo a los telares extranjeros de donde sería devuelta ya tejida por la industria extranjera en expansión.

Los encajes de Lille y Arraz, las telas holandesas, los tapices de Bruselas y los brocados de Florencia, los cristales de Venecia, las armas de Milán y los vinos y lienzos de Francia inundaban el mercado español, a expensas de la producción local, para satisfacer el ansia de ostentación y las exigencias de consumo de los ricos parásitos cada vez más numerosos y poderosos en un país cada vez más pobre. La industria moría en el huevo, y los Habsburgo hicieron todo lo posible por acelerar su extinción. A mediados del siglo XVI se había llegado al colmo de autorizar la importación de tejidos extranjeros al mismo tiempo que se prohibía toda exportación de paños castellanos que no fueran a América. Por el contrario, como ha hecho notar Ramos, muy distintas eran las orientaciones de Enrique VIII o Isabel I en Inglaterra, cuando prohibían en esta ascendente nación la salida del oro y de la plata, monopolizaban las letras de cambio, impedían la extracción de la lana y arrojaban de los puertos británicos a los mercaderes de la Liga Hanseática del Mar del Norte. Mientras tanto, las repúblicas italianas protegían su comercio exterior y su industria mediante aranceles, privilegios y prohibiciones rigurosas: los artífices no podían expatriarse, bajo pena de muerte.

La ruina lo abarcaba todo. De los 16 mil telares que quedaban en Sevilla en 1558, a la muerte de Carlos V, sólo restaban cuatrocientos cuando murió Felipe II, cuarenta años después. Los siete millones de ovejas de la ganadería andaluza se redujeron a dos millones. (…) Un decreto de mediados del siglo XVI hacía imposible la importación de libros extranjeros e impedía a los estudiantes cursar estudios fuera de España; los estudiantes de Salamanca se redujeron a la mitad en pocas décadas; había nueve mil conventos y el clero se multiplicaba casi tan intensamente como la nobleza de capa y espada; 160 mil extranjeros acaparaban el comercio exterior y los derroches de la aristocracia condenaban a España a la impotencia económica. Hacia 1630, poco más de un centenar y medio de duques, marqueses, condes y vizcondes recogían cinco millones de ducados de renta anual, que alimentaban copiosamente el brillo de sus títulos rimbombantes.

El siglo XVII fue la época del pícaro, el hambre y las epidemias. (…) Hacia 1700, España contaba ya con 625 mil hidalgos, señores de la guerra, aunque el país se vaciaba: su población se había reducido a la mitad en algo más de dos siglos, y era equivalente a la de Inglaterra, que en el mismo período la había duplicado.

Sí, ya ven, según estamos leyendo no todos los dirigentes de aquella época actuaron de la misma forma, pero sin embargo eso es algo que, como he dicho durante este artículo, no se nos suele contar. Más bien al contrario, pues a través de series de televisión de carácter histórico se nos cuenta una historia que distorsiona la verdadera realidad de una manera más que sorprendente. En este sentido hace ya más de dos años escribí un artículo para esta revista titulado “Santa Isabel la Católica” en donde criticaba la adulación que recibía la reina “Católica” por los creadores de la serie puesto que, por un momento, llegué a pensar que se trataba de otra persona diferente a la que había creado la Inquisición, expulsado a los judíos de España y la que provocó con su inoperancia, fanatismo religioso y ambición ese genocidio indígena (de esto del genocidio hablaré en un próximo artículo) que este magnífico libro bien documentado de Eduardo Galeano también nos cuenta en sus páginas. Y es que en ese artículo hablaba igualmente de la diferencia entre nuestro país y por ejemplo Inglaterra en este sentido de la autocrítica, ya que si bien como hemos podido leer en los párrafos de este libro Enrique VIII favoreció el desarrollo económico de los ingleses, eso no lo ha librado de que se saquen claramente a la luz muchas de las injusticias que cometió y se muestre su despotismo en series tan cercanas a la verdadera realidad como es el caso de la serie británica “Los Tudor”. Un artículo, por cierto, que mientras una gran parte de los lectores a través de sus comentarios en las redes sociales estaban de acuerdo con lo que denunciaba precisamente en el artículo, otros en cambio se sintieron molestos diciendo, entre otras cosas, que les había encantado la serie puesto que estaba muy bien hecha. Cosa que no niego en sus detalles técnicos y estéticos, pero yo lo único que critiqué en dicho artículo fue esa distorsión histórica de la realidad en la que se trataba de dar una imagen de bondad a un personaje histórico que, como he dicho, impulsó la Inquisición, expulsó a los judíos, a los musulmanes, sometió de forma terrible a los indígenas… Pues bueno, supongo que, como nos dice más o menos una de las canciones de Daniel Viglietti, los ciegos de corazón y de mente no pueden ver, ni tan siquiera cuando sale el sol. O dicho de forma, y en este caso como dijo el gran Albert Einstein, la estupidez humana puede llegar a ser infinita.

En fin, no sé, supongo que la manipulación informativa, a pesar de que en todo el mundo la hay, en nuestro país ha llegado a tal punto que sobrepasa los límites del surrealismo. Y bueno, supongo que esta es una de esas tantas razones que explican por qué en un país considerado de los ricos como el nuestro, hay aproximadamente un treinta por ciento de la población en riesgo de exclusión social y un elevado número de gente sin trabajo o que ni tan siquiera llega a cobrar mil euros, y sin embargo aquí no pasa nada.

¡Pues venga, que sigan!, que aquí con ver “Gran Hermano”, los partidos de la “Champions” y todos los programas de telebasura que nos ofrecen nuestros “prestigiosos medios de comunicación”, con eso ya tenemos más que suficiente para ser felices y dejar un espléndido futuro a nuestros hijos y nietos. Y es que según parece, para muchos el “Gran Imperio Español” sigue igual de vivo y esplendoroso que siempre.

 


 | Víctor J. Maicas es autor de “Mario y el reflejo de la luz sobre la oscuridad“, “La playa de Rebeca”, “La República dependiente de Mavisaj” y “Año 2112. El mundo de Godal” (Éride Ediciones y VdB).


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