Umberto Eco y los signos de su tiempo | bambinoides.com

Umberto Eco y los signos de su tiempo

umberto-eco_1

Un sabio sin fronteras

Tras una relación continuada durante cuatro décadas me va a ser muy difícil aceptar su desaparición. Fui alumno suyo, discípulo, colega y amigo. Desde las aulas del D.A.M.S. en Bolonia a congresos internacionales, viajes, encuentros, librerías, bibliotecas y bares. Suscitaba entusiasmo contagioso: capaz de analizar con perspicacia el argumento más inescrutable o de narrar con la máxima eficacia la historia más prolija. Con memoria prodigiosa, era capaz de recoger cualquier texto y darle la vuelta, cambiar de sentido, alterar su significado y transfórmalo en otro género, etc.Al oírlo se tenía la sensación de estar ante un sabio de los de antes, de lo que ya no quedan. Su formación era enciclopédica y era imposible competir con él en algún campo: lo sabía todo. Aristóteles, el Beato de Liébana o James Bond. Como Barthes quiso dar dignidad a los parientes pobres de la cultura: el kitsch, lo popular, el cómic merecían la misma dignidad cultural que la metáfora en Aristóteles o la abducción en Charles S. Peirce. Podía cantar el amor de un significante y de un significado con músicas de Hojas Muertas o la estructura según Chomsky con la canción Il mondo di Jimmy Fontana. Contaba chistes con una extraordinaria gracia y fuimos descubriendo que pasaba mucho tiempo inventándoselos. Apareció en La Notte de Michelangelo Antonioni, formó parte del Grupo 63, fue editor excelente, creó un doctorado sobre edición, se ocupó de traducción y fue traductor. Coleccionista de libros antiguos, rastreaba por tantas librerías de viejo con enloquecida pasión, miembro activo de la Academie des Cultures mientras existió, o del de Patafísica. Cinéfilo consumado, escritor de historias y empecinado con la flauta que tocaba en cuanto podía. Excelente organizador: secretario general de la Asociación Internacional de Semiótica, Director del D.A.M.S., presidente de la Escuela Superior de Estudios Humanísticos. Autor de El Nombre de la Rosa, bestseller traducido en numerosas lenguas, director de una revista de semiótica de alto nivel académico, Doctor Honoris Causa en decenas de universidades, en España en cuatro, amén de Premio Príncipe de Asturias o Medalla de oro del Círculo de Bellas Artes.Con él tuve el placer de discutir sobre, dicho en canario, San Borondon, sobre el dry Martini (él se empeñaba en sostener, con bibliografía, que debía haber una 16ª parte de vermut, mientras yo recurría a Winston Churchill y a Luis Buñuel). Me enseñó a ser profesor, a no dejar de dar una clase y a ser responsable, es decir a saber responder.  (Por Jorge Lozano, Catedrático de Teoría de la Información en la UCM)

Ciertos nombres se vuelven una referencia obligada en nuestras vidas, tal es el caso de Umberto Eco (1932 – 2016). Para quienes hayan hecho sus estudios superiores en el ámbito del arte, la filosofía y, muy especialmente, en semiótica y lingüística, este nombre ha estado siempre presente sea como libro o artículo. Ya como docentes, vuelve a aparecer el nombre, infinitamente mal citado al pie de página, como Humberto Eco. Se trataba, en principio, de un notable académico italiano que dominó la escena durante los años ochenta y noventa del siglo XX. Pero, como suele ocurrir con los grandes, nos sorprendió también como novelista y best seller con El nombre de la rosa

 

Recordar a Umberto Eco es traer a la memoria una retahíla de títulos, lúcidos textos académicos, a los que debemos parte de nuestra propia formación. Entre los más notables, destaquemos La estructura ausente, Obra Abierta, Apocalípticos e Integrados, Signo y su monumental Tratado de Semiótica General. Para Eco, la noción de “cultura” era indisociable de aquellas de “signo” y “comunicación”, de suerte que la “semiótica” no podría ser sino una “teoría general de la cultura”.

 

Umberto Eco nos enseñó a pensar y analizar el presente, su pensamiento supo conjugar la más fina sensibilidad estética con el más exigente rigor analítico. Y no obstante, se trata de una reflexión radical, mas no altisonante. En este sentido, no basta con leer sus escritos académicos, ellos nos invitan más bien a detenernos en una demorada reflexión que nos va entregando sutiles iridiscencias sobre el mundo que nos rodea y sobre nosotros mismos.

 

En El nombre de la rosa, Eco cede a la tentación del género novelesco. Se trata de una ficción culta que instala una trama de investigación policial en una fría abadía durante la Edad Media. En este lúgubre paisaje se esconde un libro prohibido, un perdido escrito aristotélico que trataría sobre la comedia, el humor y la risa. En esta novela, Umberto Eco vuelca todo su conocimiento sobre la estética del medioevo y toda su pasión literaria.

 

Como todos los grandes maestros –académico, escritor, filósofo del arte-, Umberto Eco nos deja un precioso legado, una forma otra de trascendencia reservada a los intelectuales, sus signos, su escritura. Eco nos ha mostrado que una reflexión, inspirada, como en los niños, en la más genuina curiosidad, pero con el rigor y la serenidad de la madurez, logra alcanzar las más insondables profundidades del pensamiento. No podría haber un mejor aporte de un pensador a su época y al mundo que le ha tocado vivir.

 

Fuente: Por Álvaro Cuadra | Publicado en alainet.org

 


The views expressed are not necessarily those of the publisher or bambinoides.com. Images accompanying posts are either owned by the author of said post or are in the public domain and included by the publisher of the blog bambinoides.com on its initiative.