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Lunes 27 Febrero, 2017 07:39

Órdenes Monásticas

San Hugo visitando el refectorio (detalle), c. 1630. FCO. de ZURBARÁN. Óleo sobre lienzo. Sevilla, Museo de Bellas Artes.


 
EXPANSIÓN DE LAS ÓRDENES   MONÁSTICAS

   La invasión musulmana tiene en la vida monástica consecuencias tan importantes como en los demás aspectos de la historia hispánica; significa una profunda solución de continuidad con el pasado visigodo, de tal manera que el futuro es muy distinto de todo lo anterior, aunque, inevitablemente, tenga conexiones apreciables con el pasado inmediato.
El floreciente monacato visigodo desaparece casi completamente. Conserva una parte de su esplendor, muy disminuido y progresivamente deteriorado, en Al-Andalus; serán apreciables sus huellas en los monasterios trabajosamente fundados en los reinos cristianos del norte, que recogerán también las Reglas que habían regulado la vida de aquellos monasterios.
El aislamiento del resto de Europa, aunque no tan completo como a veces se ha sostenido, confiere carácter propio al monacato hispano de los primeros siglos de la reconquista. No por ello desconoce las corrientes europeas de la época o las reglas observadas, ni deja de recibir influencias del ámbito europeo, ni de influir, a su vez, en el monacato carolingio y otónida. Pese a ello, las especiales circunstancias vividas por las tierras hispánicas, confieren al monacato de esta época caracteres muy peculiares.
Es posible distinguir una fase inicial del monacato, con una gran proliferación de monasterios, y con una gran diversidad de reglas que rigen la vida de los mismos; sobre esa realidad de las primeras centurias se aprecia un creciente influjo de la regla de san Benito, que llegará a hacerse universal. La penetración cluniacense incorporará el monacato hispano a la gran congregación borgoñona, vehículo de influencias de todo orden en el ámbito europeo. Otras corrientes monásticas se difundirán después por los reinos hispanos, y a ellas nos referiremos de modo amplio.
La crisis bajomedieval, que afecta a tantos aspectos de la vida económica, social y política, tiene, como es sabido, graves repercusiones en la vida espiritual, en la organización jerárquica de la Iglesia y, también, en la vida monástica. Desde muchos lugares se alzarán voces reclamando la necesaria reforma, aunque, frecuentemente, no todos entienden lo mismo cuando hablan de reforma.
La obra de reforma tiene en los reinos hispánicos una verdadera avanzadilla que actúa en los más diversos aspectos: tanto en la piedad de los laicos, como en las órdenes religiosas o en los problemas de carácter general que afectan a la Iglesia. Por lógica, la reforma en el ámbito monástico tiene una importancia excepcional en España, tanto en la reforma de las órdenes existentes, casi creación de nuevas órdenes, como en la efectiva fundación de nuevas congregaciones monásticas.


EL MONACATO HISPANO

     En los siglos iniciales de nuestra Edad Media contamos en los territorios cristianos del norte un número de monasterios extraordinariamente grande; hasta tal punto que a la repoblación que se realiza durante este período ha venido a denominársela monacal, ya este conjunto de monasterios se le da como nota característica la de ser un monacato repoblador.
El término me parece adecuado para un aspecto de la vida de estos monasterios, cual es, efectivamente, el de llevar a cabo la tarea repobladora; conviene advertir, sin embargo, que, si bien son útiles instrumentos repobladores, no es la repoblación, por sí sola, la causa del nacimiento y de la proliferación de monasterios. Por esta razón, aún considerando las razones que motivaron su adopción, y la difusión del término monacato repoblador, he preferido utilizar el de monacato hispano que hace referencia a su peculiaridad en el conjunto de la realidad monástica de la Europa del momento, peculiaridad que se extinguirá, precisamente, por la difusión del benedictismo y, en concreto, por la influencia cluniacense, término que todos concuerdan en reconocer como el fin de ese monacato repoblador. No por ello cesará la importancia repobladora de los monasterios, que, sin embargo, dejan de ofrecer esa peculiaridad hispánica que me parece descubrir como rasgo definidor .
Una de las características más sobresalientes de esta etapa es el elevado número de monasterios que pueden contarse; en la mayor parte de los casos se trata de pequeñas, a veces extraordinariamente pequeñas, comunidades monásticas, fundadas por un particular, que dota a la nueva fundación de todo lo necesario para su desarrollo: tierras, ganados y aperos, a veces también siervos. En muchas ocasiones, el propio fundador pasa a convertirse en abad del monasterio en el que profesa con varios miembros de su familia; otras veces la fundación se convierte en residencia de alguno de los hijos o familiares del fundador, en quienes recae también la dignidad abacial.
Son monasterios con un fuerte carácter familiar, lo que explica, por una parte, su pequeño tamaño, y, por otra, la inestabilidad de su existencia. Se ha destacado, efectivamente, el carácter intermitente de la existencia de la mayor parte de estos cenobios; en unas ocasiones, a la muerte del fundador o del primer grupo de fundadores, perdido el fervor inicial que había motivado la fundación, el monasterio se extinguía, simplemente. En otras ocasiones, al ser considerado el monasterio una parte más de los bienes familiares, su vida se extinguía porque algún heredero disponía de tales bienes en otro sentido, o víctima de pugnas entre herederos.
Todo ello hay que tenerlo en cuenta a la hora de hacer cálculos sobre el número de monasterios y más aún sobre el número de monjes. Los datos de que disponemos, siempre muy fragmentarios, se refieren a un período de cuatro siglos, en los que muchos monasterios se extinguen cuando otros todavía no han nacido; es imposible un cálculo, siquiera aproximado, sobre el número de monasterios en un momento preciso. Mayor interés tiene preguntarse por las razones de su fundación, el ritmo de la vida monástica y las normas que la regulan, y sus efectos sociales, económicos, políticos y espirituales.
Estos monasterios nacen como respuesta particular a unas inquietudes religiosas y también como medio de atender las necesidades espirituales de las poblaciones que repueblan un determinado territorio. Todas las familias importantes de la época, incluyendo la familia real, con quienes aquéllas están tan íntimamente relacionadas, consideran como una parte más de su obra repobladora y de gobierno, la fundación de monasterios; en ellos profesa alguno de sus hijos, se sepulta a los difuntos de la estirpe y se rezan sufragios por sus almas.
Ningún noble de los siglos altomedievales, como también seguirá sucediendo después, concibe el ejercicio de funciones de gobierno sobre un determinado territorio sin realizar fundaciones monásticas, tanto por inquietud espiritual, en muchas ocasiones, como por considerarlo, siempre, como una manifestación de sus funciones y del prestigio de su estirpe. Ninguna de las grandes familias es ajena a la repoblación, más aún, sólo las familias que desarrollan actividad repobladora se configuran como primera nobleza del reino, y ninguna de ellas deja de fundar uno o varios monasterios a los que se une la historia familiar.
Naturalmente, los monasterios realizan una misión repobladora, que necesitan para atender a su propia subsistencia y cumplir sus propias normas sobre el trabajo, y, en muchas ocasiones, devuelven la vida a centros religiosos desaparecidos, hecho tantas veces recogido en los documentos fundacionales.
El primitivismo de la organización social y política confiere unas características propias a este monacato. El marcado origen patrimonial de la mayor parte de los monasterios hace que sea el fundador, o sus herederos, quienes designen directamente al abad y que sean, con gran frecuencia, miembros de la propia familia fundadora los que se sucedan en el gobierno del monasterio.
Otra característica de este monacato altomedieval, bastante extendida, es la del pactualismo; es decir, la existencia de un pacto escrito, bien colectivo o individual, en el que se estipulan las mutuas obligaciones de la comunidad o monje y del abad. No hemos de entrar en polémica acerca de la zona de difusión de esta práctica en época visigoda, y si se trata de una recuperación o no de la misma; la peculiaridad de la sociedad cristiana altomedieval explica suficientemente la proliferación de esta práctica, que confiere al monacato hispano una nota diferenciadora en una época en que la difusión de la regla benedictina parece imparable.
Se halla muy difundida en el monacato hispano la práctica de los monasterios dúplices, es decir, aquellos en los que existen dos comunidades, masculina y femenina, rígidamente separadas, pero formando un único monasterio, bajo una única autoridad, generalmente la de un abad varón, aunque no son extrañas las comunidades dúplices regidas por una abadesa. Además, hay que citar las numerosas referencias a grupos de mujeres, vinculadas con los monasterios, que llevan una vida de oración y penitencia en torno a ellos, o simplemente han consagrado su vida al servicio del monasterio, con un grado de vinculación jurídica muy difícil de definir.
La costumbre del monacato dúplice se halla tan profundamente arraigada que, todavía a mediados del siglo XII, es posible hallar alguna fundación de estas características; sin embargo, desde finales de la centuria anterior los monasterios dúplices se van extinguiendo, especialmente a impulsos de la introducción de los cluniacenses, por tanto, de usos foráneos.
El fuerte carácter patrimonial de este monacato hace sentir sus efectos en toda la vida de cada monasterio. El abad, ya lo hemos dicho, suele ser el propio fundador o alguien de su familia al que sucede, por designación del antecesor, o del propietario del monasterio, un nuevo abad, frecuentemente perteneciente a la familia propietaria; en otras ocasiones es la propia comunidad la electora, y en otras lo es el obispo respectivo, ya que estos monasterios permanecieron siempre bajo la jurisdicción de los obispos, aunque ésta fuese teórica las más de las veces.
El abad ejerce una autoridad total en lo espiritual sobre una comunidad cuya composición, así como la personalidad jurídica de alguno de sus miembros, desconocemos en gran parte. Son, generalmente, comunidades pequeñas, con escaso número de monjes, de los cuales son clérigos un número bastante exiguo; de estas comunidades forman parte también otras personas que no son monjes propiamente, pero que se hallan vinculadas temporal o permanentemente a la misma.
Tal es el caso de los confesos o penitentes, recluidos durante un tiempo o de por vida en el monasterio; los traditi, que han entregado su persona y bienes al mismo, a cambio de ayuda temporal, o de la participación en los bienes espirituales del monasterio, o, simplemente, a cambio de ser enterrados en el monasterio. Las variantes son amplísimas: desde una vinculación casi completa, que les asemeja a monjes, a una relación puramente económica, un seguro de vejez, o una familiaridad exclusivamente espiritual.
Forman parte también de la familia monástica los oblati, niños entregados al monasterio con carácter vitalicio; la irrevocabilidad de tal acto se mantiene, hasta finales del siglo XII, en la estricta situación establecida por la tradición visigoda. En el monasterio pueden vivir otros niños, no oblati, cuya presencia en el mismo obedece al deseo de recibir una educación. También pueden tener una vinculación con el monasterio algunos eremitas, que llevan vida de oración en las proximidades de éste y que reciben en el mismo la indispensable atención espiritual.
El abad ejerce también funciones económicas. Los monasterios son propietarios de un conjunto de bienes, tierras, iglesias, viñas, molinos, salinas, ganado, mobiliario, objetos preciosos y litúrgicos, etc. con variantes enormes, naturalmente, entre los diversos monasterios. Son bienes que llegan a propiedad del monasterio en virtud de donaciones, en especial la del fundador y sus familiares; se producen también otras donaciones, normalmente mucho menores, de otras personas que buscan la familiaridad del monasterio, u otras ventajas materiales, aunque el motivo fundamental de todas las donaciones es de carácter espiritual. Compras e intercambios son, salvo excepciones, muy poco importantes; aumentará su frecuencia posteriormente, cuando ceda el flujo de donaciones, pero nunca tendrá gran importancia en la configuración de los dominios monásticos.
El grado de riqueza de los monasterios es, ciertamente, muy diferente, aunque es bastante similar la explotación de esos bienes: concedidos en censo, a largo plazo, los campesinos pagan una pequeña renta en especie o dinero; la rentabilidad es muy escasa, pero las reducidas necesidades de los monjes no requieren una rentabilidad mayor, ni tampoco hubiese sido posible imponer unas condiciones más onerosas al campesinado, dada la escasez de mano de obra y la abundancia de tierras.
Además de los ingresos dominiales, contaron los monasterios con otros señoriales, es decir, los derivados del ejercicio de jurisdicción por parte del abad, progresivamente ampliados a partir del siglo X, aunque su importancia se acrecienta desde el siglo XII. También deben ser tenidas en cuenta las rentas eclesiásticas debidas a las parroquias que posee el monasterio; estas rentas causaron numerosas fricciones con los obispos.
Sobre ese panorama teórico caben todo tipo de situaciones: la desaparición de monasterios por extinción de la comunidad, la usurpación de sus propiedades por un poderoso, miembro de la familia propietaria, que obliga a la comunidad a buscar refugio en otro lugar, la anexión de un monasterio a otro. Toda una variada gama en la que no vemos intentos de intervención y regulación hasta mediados del siglo XI, concretamente en el concilio de Coyanza; se trata, a partir de este concilio, de lograr un monacato más regulado y estable, con comunidades más amplias, anexionando pequeños e inestables monasterios a otros de vida más consolidada. Teniendo en cuenta el fuerte carácter patrimonial de estos monasterios, la cesión de su propiedad a otro monasterio, un cabildo, o un obispo, fue el modo habitual en que se procedió a la concentración monástica, impulsada casi siempre por la monarquía.
La vida de estos monasterios está regulada por un conjunto de normas, en las que tienen una cierta primacía, pero no exclusividad, las reglas de San Isidoro y San Fructuoso, aplicadas por cada uno de los abades; de hecho no se menciona, normalmente, regla alguna, sino que se hacen vagas alusiones a las normas de los Santos Padres o la regla del monasterio: este hecho contribuye a dar una mayor variedad a este monacato.
Existe en muchos monasterios un códice, que lleva el nombre de Libro de Reglas, en el que se contienen las que rigen la vida del mismo; las más frecuentemente recogidas son las de los santos Isidoro, Fructuoso, Benito, Agustín, y también Jerónimo, Pacomio, Basilio y otros.
De todas ellas es la de san Benito la llamada a tener un implante mayor; conocida desde hacía mucho tiempo, e incluida frecuentemente en los Libros de Reglas, su difusión es relativamente tardía en el monacato hispano, debido, en gran parte, al propio arcaísmo de éste, muy apegado a la tradición monástica hispanovisigoda. A lo largo del siglo IX se hallan algunas referencias indirectas a la regla benedictina, aunque su implantación como norma exclusiva en un monasterio no tiene lugar sino a partir del siglo X.
La difusión de la regla de San Benito en España debe parte importante a los Comentarios a la misma, escritos por Esmaragdo, abad de Saint Michel, presente en el sínodo de Aquisgrán, de 816, en que se dispuso la generalización de esta regla a todos los monasterios, confiándose su ejecución a Benito de Aniano, de ascendencia visigoda. También contribuyó a la difusión de la regla de san Benito los Diálogos de san Gregorio, una de las obras más frecuentes en el siglo X, aunque fuese conocida desde época visigoda.
Alfonso III impulsó la regla benedictina. Con apoyo regio, san Genadio restauraba la vida monástica en el Bierzo y difundía esta regla; al fundarse Sahagún también se decidía que se rigiera por ella. Las citas se repiten a lo largo del siglo tanto en León: Catedral, San Salvador de Carracedo, etc. como en Castilla: Dueñas, Arlanza, Silos, Cardeña, San Millán, o Galicia, caso de Montesacro y Lorenzana, y en otros muchos lugares en que parece seguro, aunque no se exprese abiertamente.
Pervivieron, pese a ello, numerosos usos hispanos, en particular en lo referente a la liturgia, para cuya desaparición habrá que esperar a las modificaciones litúrgicas generales de fines del siglo XI. En otras muchas cuestiones, como las disciplinares, la pervivencia de la tradición hispánica es considerable.
En cuanto a las funciones que los monasterios desempeñan en la sociedad altomedieval hay que decir, en primer lugar, que cumplen aquélla para la que han nacido, es decir, la búsqueda de la perfección espiritual y de una vida de oración en común; si se prescinde de esa realidad, por muchas actuaciones escandalosas que recojamos, y las hubo, desde luego, no se entiende la proliferación monástica.
El monasterio es considerado como un patrimonio espiritual de la sociedad, un tesoro del reino al que pertenece; cumple una misión que trasciende, con mucho, los muros de la claustra monástica. Por ello todos quieren tener una relación con los monasterios; las donaciones son una forma de contribuir al sostenimiento del monasterio, pero también la ocasión de figurar entre los miembros de la familia monástica, de tal forma que el propio nombre figure en la relación de los bienhechores, por los que diariamente se ruega, o en el necrologio, también objeto diario de oración.
Enterrarse en el propio monasterio, o en su proximidad inmediata, es otro deseo generalizado, para cuyo logro se hacen donaciones diversas; ser monje, al menos en alguna manera, es una forma de participar en los beneficios espirituales del monasterio y, en consecuencia, de garantizar lo más posible el futuro eterno.
Además de esos fines escatológicos, cumple el monasterio otras funciones de gran importancia. El ejercicio de la caridad, en primer lugar, atendiendo a los pobres, peregrinos y enfermos, a los que se acoge durante un tiempo en el monasterio, o se da de comer y vestir en determinadas épocas del año, además de ayudar a los campesinos próximos en los años de dificultades meteorológicas o bélicas que ponían en peligro las cosechas, rompiendo un equilibrio de subsistencia de por sí poco estable.
A pesar del escaso nivel cultural, los monasterios son islotes de esa cultura. Hay ejemplos de que desarrollan una función docente; de hecho sabemos que algunos niños reciben una formación de carácter general sin convertirse nunca en monjes. Hay también referencias a monjes «maestros», prueba también de esa función docente.
Su función cultural se desarrolla, sobre todo, en la elaboración, custodia y difusión del libro. Todos los monasterios cuentan con un cierto número de libros necesarios para la formación y vida contemplativa de sus monjes, además de los puramente litúrgicos, tales como Antifonarios, Oracionales, Salterio, Libro de Horas. Entre esos otros libros, además de los diversos libros de reglas, la Biblia, las Vidas de los Padres, visigodos y europeos en general, los Comentarios de Beato de Liébana al Apocalipsis, constituyen las obras habitualmente custodiadas en los monasterios. Frecuentemente se hallan obras de escritores españoles: san Isidoro, san Leandro, san Ildefonso, san Julián, san Valerio, o de otros grandes escritores como san Gregorio, san Agustín, san Jerónimo. A gran distancia, pero también se hallan recogidas, a veces, obras poéticas de escritores paganos y cristianos. Como es lógico, nos movemos siempre dentro de límites numéricamente modestos.
La producción libraria es, en consecuencia, actividad importante en estos monasterios. Una relación de los escritorios más conocidos tiene el inconveniente de basarse en los manuscritos llegados a nosotros, sin duda una exigua minoría. No obstante, hay que referirse a escritorios tan famosos como Montesacro, Escalada, Abellar, Távara, Valcavado, Cardeña, Silos, Valeránica, San Millán, Albelda, y Ripoll; breve relación que no incluye otros conocidos, también importantes, y otros muchos, sin duda, de cuya producción no tenemos constancia.
Las posibilidades de conocer la vida monástica en Al Andalus son bastante remotas; sabemos los nombres de algunos monasterios, incluso importantes, y su vida en medio de un ambiente de cierta tolerancia. Es una tolerancia que aboca, sin embargo, a la desaparición: la vida de los monasterios, como toda manifestación cristiana en general, se desarrolla en medio de fuertes limitaciones, como la prohibición de realizar nuevas construcciones, aunque se respetasen las antiguas, algunas de las cuales sufrieron daños considerables en los primeros momentos de la invasión.
Es verdad que esta prohibición fue habitualmente ignorada, pero existía, y fue efícazmente ejecutada a partir de 854, cuando los martirios tensaron las relaciones entre musulmanes y mozárabes. A pesar de las fuertes limitaciones, y de la migración de mozárabes hacia el norte, no se había interrumpido, a finales del siglo X, la tradiciónmonástica en Al Andalus, ni se habían cortado totalmente sus contactos con la realidad hispana del norte y con la europea, y aún con Oriente. Inevitablemente, sin embargo, este monacato, como todo lo mozárabe, nos ofrece un cierto carácter residual.


UN ESFUERZO ORGANIZADOR: LOS CLUNIACENSES

     Ese complejo y numeroso mundo monástico sufre, en las dos décadas finales del siglo X, los efectos destructores de las acciones de Almanzor. Muchos de ellos fueron destruidos por las acciones del general cordobés, y de ellos tenemos abundantes noticias; otros muchos, ignorados, hubieron de sufrir también una suerte parecida; otros, en fin, fueron víctimas de la desarticulación de los reinos cristianos y sus propiedades fueron objeto de depredaciones. El panorama monástico, a comienzos del siglo XI, no difiere de otros aspectos de los reinos hispanos necesitados de una profunda reorganización.
Una parte de esa necesaria reorganización consiste, evidentemente, en la reconstrucción material de los numerosos monasterios destruidos; pero otro aspecto esencial de la misma debe lograr terminar con la atomización monástica a que nos hemos referido, dar vida a monasterios de mayor envergadura, más sólidos y estables, y vincular con ellos a los pequeños: una forma de vida lo más uniforme posible. Eso es en gran parte obra de los reyes y condes hispanos; la disciplina cluniacense será el instrumento adecuado para lograr gran parte de esos objetivos.
El gran monasterio borgoñón había sido fundado en el año 910 por el duque Guillermo de Aquitania y el abad Bernón, que lo era de los monasterios de Baume y de Gigny, que retuvo al recibir el de Cluny, ya los que añadiría el de Souvigny en 920. Era el germen de una prodigiosa expansión. Había en la nueva fundación factores que hay que destacar: posesión de propiedades exentas de todo poder temporal, vinculación directa al Pontificado, sin sumisión a la jerarquía episcopal, y libertad de elecciones abaciales. Son aspectos que es preciso tener en cuenta para explicar su éxito, así como la categoría y longevidad de sus seis primeros abades, que rigen la vida del monasterio en sus doscientos primeros años.
Similares tendencias asociativas a las de Cluny se producen, en la segunda mitad del siglo X, en Cataluña, sin duda inspiradas y alentadas por Cluny, seguramente a través de otras grandes abadías como San Víctor de Marsella, Lagrasse o San Ponce de Thomieres, vinculadas a Cluny espiritual, pero no jurídicamente, e impulsadas por las familias condales catalanas. Es la primera influencia cluniacense en España, y también el lugar donde únicamente será espiritual.
En el año 965, el conde de Cerdaña y Besalú, Seniofredo II, pedía al abad Garín, del monasterio de Lezat, fundado unos años atrás por el vizconde de Toulouse, que se hiciese cargo del monasterio de Cuixá, al tiempo que establecía en su testamento una manda en favor de Cluny. Poco tiempo después Cuixá pasaba a depender directamente del Pontificado y, unos años más tarde, se había convertido en cabeza de una pequeña congregación unida, a título personal, al abad Garín. La unión fue efímera, pero su influencia alcanzó el norte de Italia y se convirtió en un modelo en los condados catalanes.
Dentro de la propia familia condal, Oliba, profeso en Ripoll en 1002, será el continuador de la vía iniciada. Abad de Ripoll y de Cuixá y obispo de Vich, ejerció una decisiva influencia en el monacato de su época, a uno y otro lado del Pirineo, a través  de una serie de abadías dirigidas por él o por sus discípulos, formando una congregación unida por vínculos únicamente espirituales. La influencia espiritual cluniacense es evidente: sin embargo, no hubo vinculaciones jurídicas de ninguna clase.
Sin duda por mediación de Oliba, estableció Sancho III de Navarra relaciones estrechas con el abad San Odilón de Cluny; fruto de esas relaciones fue la introducción de la regla benedictina y de los usos cluniacenses en la restauración de San Juan de la Peña, en 1028, al frente de la cual se situaba a un abad que procedía del monasterio de Cluny. El documento ha suscitado un prolongado debate historiográfico, pero, sin negar que puede haber sido objeto de manipulaciones posteriores, debe ser tenido en cuenta como muestra de las relaciones entre Sancho III y Cluny. Relaciones que, por otra parte, han sido documentadas y que permiten considerar al monarca navarro como verdadero familiar de Cluny; por ello hay que suponer que la influencia cluniacense se extendió a otros monasterios de los dominios de Sancho, aunque no tengamos constancia documental de ello.
La relación de carácter espiritual se prosigue con los hijos de Sancho. Con García, su sucesor en Navarra, en términos más generales; con Ramiro, el rey de Aragón, en el mismo estrecho grado que hemos indicado con su padre, o más aún, pues por el monarca aragonés se decían importantes sufragios en Cluny, sin duda fruto de una gran munificencia del soberano aragonés. Esta influencia cluniacense no quedará desmentida ni por las preferencias de Sancho Ramírez por los canónigos de San Agustín, a quienes introduce en Loarre, Alquézar y Montearagón, entre otros lugares, ni por la influencia luego adquirida por la abadía de San Ponce de Thomieres, benedictina, aunque no en la órbita de Cluny.
Es conocida la intensa relación de Fernando I con Cluny, especialmente en la última década de su reinado, con el establecimiento de un censo anual, nada simbólico, de mil áureos, correspondido con sufragios por parte de la abadía; quizá esa vinculación nada teórica tenga sus razones políticas, como apoyo a la idea imperial, programa político al que por entonces da forma Fernando I, aunque no pueda establecerse entre monarca y abadía otro vínculo que el puramente espiritual.
Crece la importancia de ese vínculo con Alfonso VI. Se hace entrega a Cluny de las primeras abadías, tanto por parte del monarca: San Isidro de Dueñas, en 1073, o San María de Nájera, en 1076, como por parte de miembros de la nobleza: San Zoilo de Carrión entregado por la condesa Teresa Gómez en 1076; algunos miembros de familias nobles ingresan en monasterios cluniacenses o en el propio Cluny. Más aún, en 1077, Alfonso VI duplicaba el censo establecido por su padre y se convertía en socio de la gran abadía; acaso una maniobra política para conservar la plena independencia frente a las pretensiones de Gregorio VII de convertir al reino de León y Castilla en vasallo de la Sede Apostólica, como acababa de hacer con Aragón.
Es un hecho bien conocido que la relación entre Alfonso VI y Cluny no es meramente espiritual; bástenos recordar aquí la introducción de los usos cluniacenses en Sahagún, su matrimonio con Constanza, los matrimonios de sus hijas Urraca y Teresa, y los complejos hechos relativos a su sucesión ya los difíciles años del reinado de Urraca, hasta la propia elevación de Alfonso VII. Acontecimientos cruciales a los que únicamente podemos hacer aquí una simple referencia. Tampoco podemos dejar de mencionar el elevado número de monjes cluniacenses que rigieron sedes episcopales en el reino; su obra, poco conocida en general, hubo de reforzar la impronta cluniacense, y, desde luego, la plena benedictinización.
   No se extingue con Alfonso VII la influencia cluniacense, aunque hace acto de presencia una nueva corriente monástica, más acorde con las nuevas demandas espirituales, el Císter, que va a conocer en España, como en toda Europa, una prodigiosa expansión. Los vínculos de las abadías hispanas con Cluny se irán debilitando, de tal modo que, a finales del siglo XIII, el Capítulo General de 1290 anotaba el hecho de que no se conocían aquí, adecuadamente, los usos cluniacenses y adoptaba medidas para paliar el problema.


UNA RESPUESTA A NUEVAS DEMANDAS ESPIRITUALES:
LOS CISTERCIENSES

    La Orden cisterciense es, ante todo, una nueva respuesta a las nuevas inquietudes espirituales que recorren la Europa de la segunda mitad del siglo XI. No creo que deba ser interpretada como una reacción contra un determinado modo de entender el monacato, ni como un medio de renovar una vida monástica relajada. Es cierto que la polémica a veces entablada entre monjes de diversas órdenes, a veces con expresiones subidas de tono, ha podido dar lugar a esa interpretación; sin embargo, debe ser estudiada como una nueva respuesta a las nuevas demandas espirituales a las que quiso dar satisfacción lo que, de modo genérico, denominamos refonna gregoriana.
No es una respuesta única, aunque, acaso, la que obtuviera una mayor difusión y éxito; hubo otras de gran importancia -cartujos y premostratenses, por ejemplo- y movimientos de eremitismo y de laicos, incluso iniciativas que derivan hacia la heterodoxia. Por su importancia objetiva y por la difusión alcanzada en España, es preciso hacer una preferente referencia al Císter.
En 1075 se iniciaba un movimiento reformador del monacato benedictino que daba una primera muestra de su existencia con la fundación de Molesmes, que muy poco tiempo después repite el mismo modelo de vida que cualquier otra abadía cluniacense. Se repite el intento en 1098 con la fundación de Qteaux; era un movimiento ascético que pretendía una radical observancia de la Regla de San Benito, vivida en silencio y aislamiento, con una revalorización del trabajo realizado por los monjes.
A pesar del entusiasmo inicial de la primera comunidad, diversas circunstancias hacen que su vida transcurra de modo bastante languideciente. De esas dificultades va a ser arrancada literalmente con el ingreso en la misma de la colosal figura de quien sería San Bernardo, con un grupo de jóvenes compañeros. El impulso es de tal naturaleza que, de modo inmediato, comienzan a producirse nuevas fundaciones, en primer lugar las que a lo largo de toda la historia cisterciense serán las cuatro primeras abadías: La Ferté (1113), Pontigny (1114), Clairvaux (1115) y Morimond (1115). El espectacular crecimiento rompe cualquier previsión posible y plantea, desde el comienzo, la cuestión de una explicación que lo haga comprensible.
Creo que la razón esencial de ese éxito reside, en primer lugar, en el hecho de ser la respuesta adecuada a las inquietudes espirituales del momento; pero no debe olvidarse que parte importante de ese éxito se debe a la buena organización que supieron darse a sí mismos. Esa organización se basa en un documento constitucional, la Carta de Caridad, cuya primera redacción, de 1114, establece ya una estricta centralización espiritual que hace que todos los monasterios -en ese momento únicamente tres- sean como una única comunidad con idéntica observancia de la regla y una liturgia idéntica también.
En 1119 se daba una nueva redacción que, ratificando el primer texto, establecía la celebración anual de un Capítulo General, órgano supremo de la Orden, así como la visita anual de cada monasterio por el abad de la abadía fundadora; se establecía, asimismo, la plena independencia económica de cada monasterio, dentro de la solidaridad general entre todos. Hace tiempo resumí estos conceptos en lo que llamé una descentralización en lo económico y una fuerte centralización en lo espiritual y que considero explicación fundamental del éxito. Precisamente las dificultades para la realización del Capítulo General y el incumplimiento de la visita anual serán los principales escollos en la vida del Císter.
La revalorización del trabajo es una aportación de gran importancia. Los monasterios incrementan su preocupación por la explotación directa de su dominio; tanto de las tierras que efectivamente cultivan los monjes o los conversos, como de las que son cultivadas por asalariados. Existen tierras dadas en censo, pero sobre ellas se ejerce un control bastante estricto.
Por lo demás, sus métodos de explotación no difieren demasiado de los demás grandes dominios señoriales. Sobre estas cuestiones se han tejido suposiciones carentes de fundamento y, a veces, incompatibles entre sí. Por ejemplo, las afirmaciones que se han hecho, por un lado, de que buscan deliberadamente lugares insalubres y difíciles, y por otro, que sus técnicas de trabajo son especialmente innovadoras, sus rendimientos elevados y que constituyeron un elemento de primera importancia en la colonización de nuevas tierras.
Buscan la soledad, desde luego, pero también que los asentamientos sean lo más favorables posible; en cuanto a sus rendimientos, son buenos para la época, pero en absoluto difieren de los de otras grandes explotaciones. Quizá su éxito económico resida más, aparte de la valoración espiritual del mismo, en su organización a base de granjas, centros de explotación agrícola que dieron, en ocasiones, algún quebradero de cabeza en aspectos espirituales.
A partir del siglo XIII los monasterios cistercienses incrementan su dedicación ganadera, al tiempo que cierta producción industrial, en particular vino, que produce un cierto flujo comercial, objeto de gran atención por parte del Capítulo General. También, desde comienzos del siglo XIII, sobre todo como consecuencia de la disminución del número de conversos, se incrementó el arriendo de tierras, aceptado a regañadientes por el Capítulo General, con lo que se repitió un esquema ya habitual en los monasterios de otras órdenes.
La presencia cisterciense en España, como sucede con las demás órdenes monásticas, es incomprensible sin el apoyo de la monarquía. Directa o indirectamente, a través de magnates, son los monarcas quienes proceden a la fundación y dotación de monasterios, entregándoles el grueso esencial de su dominio. Luego se producen otras donaciones, mayores en número, desde luego, pero siempre menores, incluso en su conjunto, que la donación real inicial.
En la segunda mitad del siglo XII se concentra el grueso de las fundaciones y afiliaciones de monasterios cistercienses; son también los que, salvo excepciones, adquieren un mayor desarrollo. Antes de enjuiciar el tamaño e importancia de un monasterio hay que tener en cuenta muchos factores, pero, en general, aquéllos que no cuentan con una amplia dotación inicial, o no se asientan en una zona favorable, serán siempre pequeños monasterios, no demasiado importantes; con gran frecuencia su decadencia tendrá mucho que ver con sus escasas posibilidades económicas.
En cuanto a sus fechas de fundación, cuestión esta que ha dado lugar a una tan áspera como poco interesante polémica sobre prelación, no parece necesario entrar, en un análisis de carácter general, como el presente. Podríamos citar algunos ejemplos de monasterios, aunque en este trance siempre me asalta la duda de dejar al margen de la nómina a alguno de gran importancia. Sin duda Poblet, Santas Creus, Leire, Oliva, Huerta, Valbuena, Matallana, Espina, Moreruela, Sandoval, Carracedo, Belmonte, Osera, Sobrado y Alcobaça, en un rápido viaje de este a oeste, constituyen lo más representativo del Císter hispano, aunque prescindamos en tan rápida relación de otros muchos, todos ellos importantes, hasta un total de más de 70 monasterios masculinos.
De su importancia en el ámbito de la espiritualidad, además de lo ya dicho, ha de subrayarse el hecho de que inspiran las órdenes Militares de Calatrava y Alcántara, hecho que, aunque muy diferente del monacato en sí mismo, tiene gran importancia. En cuanto a los reyes que más actuaron a favor del Císter, son aquéllos que cronológicamente viven el momento de su expansión, al margen de posibles preferencias personales: Ramón Berenguer IV, Alfonso II, Sancho VI, Alfonso VII, Alfonso VIII, Fernando II, Alfonso IX y Alfonso I, en un rápido recorrido, tampoco exclusivo, de todos los reinos hispanos del momento.
El movimiento cisterciense es también femenino; sus fundaciones se prolongan más en el tiempo y también son más amplias en el espacio. La tierras reconquistadas en el gran impulso reconquistador del siglo XIII carecen absolutamente de monasterios masculinos y, en cambio, conocen fundaciones femeninas. Aunque algunos tienen un emplazamiento rural, muchos de ellos se asientan en las proximidades de los núcleos urbanos, incluso dentro del propio recinto.
La fundación de monasterios femeninos corre siempre a cargo de mujeres de la familia real, o de familias nobles, algunas de las cuales tienen también un papel en las fundaciones masculinas. De estos monasterios algunos tuvieron una excepcional importancia, casos de Vallbona, Tulebras o Las Huelgas; algunos otros deben ser mencionados también, tales Valldemaría, las Franquesas, la Zaydía, Carrizo, Gradefes, San Miguel de las Dueñas y Lorvao.
Otros movimientos monásticos intentaron dar respuesta a esas inquietudes religiosas a que venimos refiriéndonos; algunos tuvieron una cierta importancia, aunque, cuantitativamente, a una notable distancia del extraordinario vigor expansivo del Císter. Es el caso de los canónigos regulares de San Agustín, cuya vida cenobítica se basa en esta regla, y que ejercieron una notable influencia en el clero secular, de tal modo que muchos cabildos catedralicios se organizaron de acuerdo con sus normas. Tuvo una mayor importancia en Aragón, donde cuenta con los monasterios de Loarre, Alquézar y Montearagón, entre otros; también cuentan con establecimientos en León, alguno tan importante como San Isidoro, además de Escalada y Trianos o en Asturias, Covadonga y San Pedro de Teverga, y otros dedicados a la atención a los peregrinos, casos de Somport en Huesca, Roncesvalles en Navarra y Arbas en León.
Sobre la base de los canónigos regulares, fundaba san Norberto, en 1120, los premostratenses, obra de fundación completada por su colaborador Hugo de Fosses, que tuvo en cuenta los documentos constitucionales cistercienses. Algunas fundaciones iniciales fueron dúplices, sistema pronto abandonado. Su distintivo esencial es combinar la vida monástica con la acción pastoral que les llevará a hacerse cargo de las parroquias de su entorno. Los más notables monasterios premostratenses fueron los de Retuerta, Aguilar de Campoo y la Vid.
Una combinación de eremitismo y cenobitismo es la solución aportada por San Bruno y sus compañeros al iniciar en 1084 su establecimiento en Chartreuse; es un movimiento que publica sus consuetudines en 1127 y que, desde 1140, tiene carácter jurídico de verdadera orden. En 1163 se producirá la primera instalación cartuja en Scala Dei, en Tarragona, a la que seguiría, a un siglo de distancia, la de San PoI de Mar, en Gerona, y unos años después la de Portaceli en Valencia. Otras fundaciones cartujanas, entre ellas las castellanas, tienen lugar más adelante, en un ambiente al que, después, hemos de referimos.
Una referencia, casi curiosa, habría que hacer a la orden de Fontevrault, monasterio fundado por Roberto de Arbrisel en 1106; un monasterio femenino, que cuenta con una comunidad masculina, paralela e independiente, a su servicio, tanto material como espiritual, bajo la dirección de una abadesa. Retiro de mujeres de la aristocracia, especialmente viudas, se convirtió en cabeza de una congregación de prioratos de similares características.
En España contó con dos prioratos: el de San María de la Vega del Cea, próximo a Mayorga, Valladolid, incorporado en 1125, bajo los auspicios de la infanta Sancha, hermana de Alfonso VII, y Santa María de la Vega, próximo a Oviedo, fundación de Gontrodo Pérez, la dama asturiana en quien tuvo Alfonso VII a Urraca Alfonso, «reina» de Asturias.


LA REFORMA EN EL AMBITO MONASTICO

     A mediados del siglo XIII ha concluido la expansión monástica; cesa completamente la fundación monasterios, y, aunque todavía durante varias décadas los monasterios viven una etapa de esplendor, se dejan sentir sobre la vida monástica nuevos factores que están transformando la sociedad.
El desarrollo urbano ha planteado nuevas necesidades y problemas espirituales a los que parecen dar una respuesta más adecuada las nuevas órdenes mendicantes; éstas se desarrollan en el mundo urbano, asumen como propios los ideales de pobreza que recorren la sociedad del momento, y responden, mediante la predicación y el ejemplo, a las desviaciones heterodoxas que se han producido en el seno del mundo cristiano. El ideal monástico no ha decaído, pero los nuevos caminos de vida consagrada resultan más atractivos; el monacato no decae, pero tampoco experimenta nuevos crecimientos.
Son más las dificultades económicas, que se dejan sentir desde las postrimerías del siglo XIII, las que afectan a los monasterios. La depreciación de las rentas de la tierra, soporte prácticamente exclusivo de los monasterios, el crecimiento de los precios, y las convulsiones bélicas y sociales que sacuden toda Europa durante el siglo XIV, significan alteraciones difícilmente soportables para muchos monasterios.
Ante las dificultades económicas, muchas comunidades no hallaron otra solución que limitar el número de sus miembros a aquél que podían sostener las rentas monásticas, lo que significa un grave deterioro del espíritu monástico.
La Iglesia vive, durante el siglo XIV, un proceso de estructuración de su jerarquía; dirigido desde el Pontificado, se está creando un armazón administrativo, una verdadera monarquía pontificia, similar a los de otras monarquías contemporáneas, que requiere la creación de una serie de cargos, cuya retribución plantea numerosos problemas. En el caso de la Iglesia será norma habitual la retribución mediante la concesión de beneficios; con ello, canongías y abadías se vieron ocupadas por personas que no residían nunca en el lugar de su beneficio y que se limitaban a cobrar sus rentas y hacerse representar por un comendatario. Los perjuicios fueron, a veces, considerables.
Desde los más diversos sectores de la sociedad fueron, paulatinamente, alzándose voces en demanda de una necesaria reforma de las costumbres. Una reforma que, desde los escritos de los predicadores a la literatura anticlerical, demanda la corrección de vicios que parecen haberse infiltrado en el edificio todo de la Iglesia.
Es difícil establecer qué se entiende por reforma y cuáles son los aspectos que deben ser reformados. En muchos de los que utilizan el término reforma, ésta tiene un contenido sumamente utópico que se cifra en un retorno al «tiempo apostólico», sin precisar exactamente qué se entiende por tal concepto. Unos fustigan la riqueza de la Iglesia, la sed de beneficios de los eclesiásticos; otros el crecimiento de las estructuras jerárquicas y abogan por una mayor simplicidad; a otros les molesta que el crecimiento de la administración eclesiástica ejerza sobre la jerarquía un control que antes ejercían las diversas monarquías.
Unos pretenden una mayor espiritualidad, otros una reforma realista de los abusos que, ciertamente, se producen, otros, en fin, ven como única solución la destrucción de la totalidad del edificio eclesiástico. Para unos la solución debe ser planteada y dirigida por la propia cabeza de la Iglesia; para algunos otros la solución está en la reducción a la nada de esa cabeza y en la abolición de todo el sistema beneficial, incluso en la supresión de los sacramentos.
Es evidente que no podemos hablar de reforma como si se tratase de un concepto unívoco: en su interior se ocultan objetivos, métodos e intenciones que nada tienen en común entre sí. La ruptura de la Iglesia desde 1378, la difusión del ockhamismo y de las doctrinas conciliaristas, irán añadiendo dificultades a un problema de por sí sumamente complejo hasta hacerlo prácticamente imposible.
En los reinos hispánicos la reforma se plantea, acaso, antes que en el resto de Europa y, siempre, desde posiciones más realistas y ortodoxas. También es cierto que las demandas de reforma no se quedaron en meras peticiones teóricas, sino que se pusieron muy pronto en práctica auténticas medidas reformadoras, lo que hizo que nunca el problema se plantease en términos antijerárquicos.
Cuando se analizan los males que los reformadores consideran necesario corregir, se llega a conclusiones que difieren bastante de la generalizada corrupción que, a veces, ha sido señalada. Hay que advertir que el tono casi apocalíptico utilizado por algunos predicadores busca más la conversión de su auditorio que realizar un diagnóstico preciso de la situación. Es evidente que se producen situaciones que claman por una reforma, pero no lo es menos que no es esa la situación general y que existen, junto a ello, encomiables ejemplos de santidad.
Uno de los problemas de más graves consecuencias es la acumulación de beneficios por parte de eclesiásticos, a los más diversos niveles. Los altos eclesiásticos y los funcionarios de la Curia recibían beneficios como retribución de sus servicios; unos beneficios que, incluso llevando aneja la cura de almas, nunca eran siquiera visitados por sus titulares que designaban para su desempeño a otros clérigos, míseramente retribuidos, un verdadero proletariado clerical, que, para poder vivir medianamente trataba, a su vez, de acumular varios beneficios, con la consiguiente disminución de atención a sus respectivos cargos.
El efecto es un descuido en la atención a los fieles que suscita las más severas críticas, junto a la impresión de una sed de riquezas por parte de los clérigos, en sus diferentes escalas, impresión muchas veces cierta. Los males
En lo que se refiere al clero regular, las comunidades monásticas aparecen más preocupadas por la escasez de las rentas que por los males espirituales de sus miembros. El esfuerzo por limitar el número de miembros de sus comunidades, de forma que no superen las posibilidades económicas de sus rentas es una constante; sus efectos son mucho más destructores de lo que aparentemente podría parecer.
Analizando con detenimiento y serenidad la documentación se tiene la impresión de estar ante una situación de pobreza más que de inmoralidad generalizada. Desde luego no faltan escandalosas situaciones de graves transgresiones morales, pero los males derivan, en la mayor parte de los casos, de la pobreza y la ignorancia, la falta de vocación y la entrada en el estado clerical como solución vital, la ausencia de formación teológica e intelectual en general.
Del análisis de las quejas de las Cortes se desprenden conclusiones similares. Los defectos que siempre se señalan son: los excesos de privilegio eclesiástico, la acumulación de beneficios y su secuela, el absentismo, la concesión de beneficios a extranjeros y el quebrantamiento del celibato. Cuando, bastantes años después, tras los debates para terminar con el Cisma en el concilio de Constanza, y los duros enfrentamientos acerca de la reforma que se desarrollan en el concilio de Basilea, se concreten, por cada uno de los reinos de la Cristiandad, las medidas de reforma que demandan, llegaremos a unas propuestas extraordinariamente semejantes con lo reclamado por los procuradores de las Cortes de León y Castilla, y con la reforma iniciada en este reino desde muy pronto.
Los excesos de privilegio se refieren al hecho de que muchas personas logran su ordenación de menores por la exención de impuestos que ello significa, sin que su vida se atenga a las normas de un eclesiástico. Se pide la limitación del privilegio únicamente a los que han recibido órdenes mayores.
El sistema beneficial es el soporte de las retribuciones de los funcionarios regios y pontificios, de los maestros de los Estudios, del sistema de becas para estudiantes; se pretende su limitación y, sobre todo, la no atribución de beneficios a extranjeros que supone la salida de metal precioso del país. La acumulación de beneficios, a la que nos hemos referido, incrementaba este problema y, como se ha dicho, propiciaba el absentismo.
El quebrantamiento del celibato era, sobre todo en el bajo clero, una situación muy generalizada; no puede decirse lo mismo en el alto clero, donde, por supuesto, existen notorios hechos escandalosos, pero donde domina no sólo una situación aceptable, sino extraordinarios ejemplos de nivel intelectual y moral. El episcopado del reino de León y Castilla en la segunda mitad del siglo XIV y durante todo el siglo XV estará a la mayor altura y ocupará, no casualmente, la más destacada posición en la Iglesia universal.
La reforma se inicia en León y Castilla mucho antes que en el resto de Europa, y se hace con el rigor que la situación requiere, siempre dentro de la ortodoxia y el respeto a la jerarquía. Se orienta a la eliminación del concubinato, la limitación del privilegio eclesiástico a quienes realmente viviesen como clérigos, la protección de los bienes de la Iglesia, prohibiendo su entrega en encomienda, y, un elemento que se consideraba de autoprotección de la comunidad cristiana, la toma de distancias respecto a musulmanes y judíos.
No son una casualidad las reformas introducidas en los regulares, el papel desempeñado por Pedro Luna como legado apostólico, sus favores a la Universidad de Salamanca, la confirmación de la de Valladolid, y la extraordinaria nómina de figuras que contiene el episcopado del reino de León y Castilla: Pedro Tenorio, Álvaro de Isorna, Gutierre de Toledo, Juan Serrano, Fernando de Illescas, y, más adelante, Diego de   Anaya, Alfonso García de Santa María, y tantos otros. Nada tiene de extraño que este reino se convierta en el fiel de la balanza en los difíciles momentos de Constanza y Basilea.
En el ámbito monástico la reforma tiene una extraordinaria importancia. Nos referiremos a los cuatro aspectos más significativos de la misma: la fundación de los jerónimos, la introducción de los cartujos, la reforma benedictina que significa San Benito de Valladolid, y la transformación cisterciense que supone la creación de la Congregación de la Observancia.
Los jerónimos fueron uno de los ejes esenciales, durante mucho tiempo, de la reforma en el reino de Castilla. La fundación de varios monasterios y, finalmente, la creación de una orden monástica, según modelos conocidos, permitió dar cauce a unas aspiraciones eremíticas y de perfección que despertaban ciertas desconfianzas por parte de la jerarquía eclesiástica, en particular, acusaciones de beguinismo.
El punto de partida es una exigencia espiritual que había dado lugar al nacimiento de varios focos anacoréticos, en los que se contaban varios italianos, cuyo único lazo en común era la apelación a San Jerónimo como modelo ascético a imitar. Será decisiva la entrada en la órbita de uno de esos focos anacoréticos de dos personajes de primera línea: Fernando Yáñez de Figueroa, canónigo de Toledo, bien relacionado en la corte desde época de Alfonso XI, del que fuera amigo personal, y, sobre todo, Pedro Fernández Pecha, fray Pedro de Guadalajara en religión, tesorero de Alfonso XI y camarero mayor de Pedro I, ambos caídos en desgracia durante los años de gobierno de este último. Sus relaciones en la corte castellana y en la curia pontificia fueron providenciales para el nacimiento de la órden jerónima.
En octubre de 1373 recibían autoridad pontificia para constituir un primer monasterio, el de San Bartolomé de Lupiana, cerca de Guadalajara; inmediatamente vendrían otros: San Jerónimo de Guisando, Ávila, Santa María de la Sisla, Toledo, y el hito fundamental, la entrega a los jerónimos del santuario de Guadalupe, uno de los centros de espiritualidad castellana más importantes, un proceso iniciado en 1388 y completado un año después. La incorporación de Guadalupe orientaba plenamente a los jerónimos: sin eliminar su carácter eremítico, subrayaba el cenobítico, la riqueza litúrgica, las posesiones monásticas, el fervor mariano, etc. En octubre de 1414 Benedicto XIII constituía a los jerónimos como orden exenta de los ordinarios.
Un aspecto fundamental queremos subrayar: su soporte económico. Los monasterios cuentan con propiedades rústicas, desde luego, pero se les otorgan, sobre todo, rentas, y exención de impuestos por el movimiento de ganados o por el traslado y venta de ciertos productos, como el vino. Un basamento económico que evitase alguno de los males que afectaban a bastantes monasterios.
De su gigantesca influencia espiritual podríamos destacar dos especiales ejemplos: los Soliloquios, que Pedro Fernández Pecha escribió en La Sisla, obra esencial de la ascética hispana y una de sus bases, y su propia influencia sobre Pedro de Villacreces, reformador franciscano, fundador de la Aguilera y el Abrojo, uno de cuyos discípulos es San Pedro Regalado. En uno de esos conventos franciscanos reformados, el de La Salceda, se formaría Gonzalo de Cisneros, fray Francisco en religión, último eslabón y culminación de esta reforma.
En el esfuerzo de apertura de nuevos centros de espiritualidad y contemplación tiene importancia la introducción de los cartujos en Castilla. La primera fundación cartujana en Castilla la decidía Juan I en el verano de 1390, en Sotosalbos, en Segovia, y en ella tuvo protagonismo el obispo de Segovia, don Juan Serrano, que había sido prior de Guadalupe y alma de la incorporación de este santuario a los jerónimos. La primera fundación cartuja en Castilla sería El Paular, demasiado en las postrimerías de la vida de Juan I para que tuviera continuidad; habría que esperar a 1441 para que su nieto, Juan II, dispusiera la fundación, en Miraflores, de una nueva cartuja, cumpliendo, en cierto modo, el testamento de Enrique III que ordenara instalar en aquél su palacio una comunidad franciscana.
Los aires de la reforma alcanzan también a los benedictinos. Coincidiendo en el tiempo con las medidas referidas a los jerónimos ya los cartujos se iniciaba la reforma en el seno de los benedictinos; su motor sería también don Juan Serrano.
Con autorización de Clemente VIl, Juan I entregó a una comunidad de dieciocho monjes su palacio y baños en Valladolid para que viviesen en comunidad y encierro, «al modo de las monjas de Santa Clara», la plenitud de la regla benedictina. Un nuevo fundamento económico: no amplias posesiones rústicas sino una renta sobre las tercias de la ciudad de Valladolid y un juro de 15.000 maravedís sobre el servicio de la aljama judía de esta ciudad. Nueva espiritualidad, pero también las correspondientes cautelas económicas.
San Benito se convirtió en cabeza de una importante congregación que, paulatinamente, abarcó en la misma a una gran parte de las abadías benedictinas españolas, entre ellas Sahagún, Montserrat, San Millán, etc. formando una congregación a finales del siglo XV. Una de sus grandes figuras fue García Jiménez de Cisneros, profeso en San Benito en 1475, enviado como prior y reformador a Montserrat, abadía que rigió hasta su muerte en 1510.
García Jiménez de Cisneros es autor de las Exercitaciones spirituales o Exercitatorio de la vida spiritual, que recoge, en un verdadero manual de oración, las corrientes de la devotio moderna. Su influencia iría muy lejos, ya que de este libro tomó parte muy importante de sus ideas -no entraremos en una insoluble polémica- San Ignacio de Loyola, que poco después iniciaba en Montserrat y sus proximidades, su vida espiritual. Sin duda, las Exercitaciones constituyen otro de los pilares de la ascética española del siglo XVI.
El rápido análisis de la reforma monástica podría cerrarse con una referencia a la creación de la Congregación cisterciense de la Observancia de Castilla. Los proyectos reformadores se inscriben en la misma línea a la que nos hemos referido, si bien las comI?licaciones que el Cisma produjo en la orden dificultaron su ejecución.
Esta partió de Martín de Vargas, miembro de la nobleza jerezana, jerónimo, el dato no es casual, y muy relacionado en la Curia pontificia, en la que fue confesor de Martín V. Vuelto a España, vive en el monasterio de Piedra y allí traba contacto personal con sus primeros colaboradores en la reforma.
En 1425 recibía una bula de Martín V que le autorizaba a fundar o recibir doS monasterioS en loS que instalar sendas comunidades a las que podrían incorporarse loS cistercienses que lo desearan, previa obtención de licencia de sus superiores. La tutela inicial de esta reforma se encomendaba al abad de San Benito de Valladolid.
Así nacía, en 1427, el primer monasterio de la Observancia, el de Santa María de Montesión, junto al Tajo, cerca de Toledo. Los problemas vendrán, a partir de 1430, momento en que Martín de Vargas implanta su reforma en el monasterio de Valbuena, y cuando lo intenta en Valdeiglesias. La reforma precisará, para su culminación, el impulso de loS Reyes CatólicoS que, en este aspecto Coronan, efectivamente, una obra de largo alcance iniciada mucho antes. El triunfo de la reforma será el punto final de un largo y enconado proCeso en el que, en un largo goteo van sumándose abadías a lo largo de casi la totalidad del siglo XVI, aunque, desde 1520, aparece plenamente conformada.

 



BIBLIOGRAFÍA


Redactamos este apartado sin ánimo de realizar una relación exhaustiva, sino simplemente de indicar unos puntos de partida desde los cuales se puede    abordar el amplio panorama monástico.
Una de las obras clásicas es de PÉREZ DE URBEL, Fr. I., Los monjes españoles en la Edad Media, 2 vols. Madrid 1945, 2.ª ed. Una documentada síntesis son las obras de LINAJE CONDE, A., Los orígenes del monacato benedictino en la Península Ibérica, 3 vols. León 1973, e Historia del monacato en España e Hispanoamérica. Salamanca 1977.
La penetración cluniacense en España cuenta con un estudio cuyo interés rebasa lo que su título parece indicar, MATTOSO, I., Le monachisme ibérique et Cluny. Les monasteres du diocese de Porto de I’an mille à 1200. Lovaina 1968. Los vínculos jurídicos y políticos, BISHKO,J., Fernando I y los orígenes de la alianza castellano- leonesa con Cluny. «Cuadernos de Historia de España», 7-8, (1968-69), p. 31-135 y 50-116.
Son abundantes las monografías sobre muchos de los monasterios de las diversas Órdenes; no citaremos sino aquéllos que estudian un conjunto de monasterios: allí, y en el resto de la bibliografía que indicamos, pueden hallarse completas series bibliográficas. En lo que se refiere al Císter, es un estudio imprescindible, COCHERIL, M., L ‘implantation des abbayes cisterciennes dans la Péninsule Iberique. «Anuario de Estudios Medievales», I, (1964), pp. 217-287.
Mi tesis doctoral, Monasterios cistercienses en Castilla. Siglos XII-XIII. Valladolid 1978, fue un primer intento de estudio de un conjunto de monasterios. En octubre de 1991 he presentado una comunicación al congreso «San Bernardo y el Císter en Galicia y Portugal», celebrado en Orense, con el título La investigación sobre el monacato cisterciense en la Corona de Castilla, Actas, II, pp. 787-799, Orense 1992; en ella se hace un balance bibliográfico.
Como estudio de conjunto sobre el Císter, PÉREZ EMBID,J., El Císter en Castilla y León. Monacato y dominios rurales. Siglos XII-XV. Salamanca 1986. A tener en cuenta, aunque sus pretensiones sean menores, FERNANDEZ, M., Monasterios de monjes cistercienses en Galicia. «Yermo», 5, (1967), p. 13-26. PIQUER I IOVER, J.J. ., Catalunya cistercenca: petit intent de localizació deIs cenobis cistercens catalans . Barcelona 1967; del mismo autor, L ‘expansió monastica femenina a Catalunya durant els segles XII i XIII. «Analecta Sacra Tarraconensia», 5, (1972), p. 1-23.
Del ambiente de reforma a finales del siglo XIV y comienzos del siglo XV me ocupé en El Cisma de Occidente. Madrid 1982, y más recientemente en La situación europea en época del concilio de Basilea. El informe de la delegación del reino de León y Castilla, León 1992. La reforma en el ámbito castellano, SUÁREZ FERNÁNDEZ, L., Historia del reinado de Juan I de Castilla, Madrid 1977, así como su Casulla, el Cisma y la crisis conciliar. Madrid 1960, y también en Don Pedro Tenorio, arzobispo de Toledo (1375-1390), en Estudios dedicados a Menéndez Pidal, IV, p. 601 y ss. Madrid 1953. Más recientemente Luis Suárez ha hecho un completo planteamiento del problema en Los Reyes Católicos, vol. II. La expansión de la fe. Madrid 1990.
Sobre las refonnas concretas de la órdenes, COLOMBAS, G.M., Estudios sobre el primer siglo de San Benito de Valladolid, Montserrat 1954; bastante anterior, pero todavía útil, ÁLAMO, M., Valladolid, Congregación de San Benito de, en Diccionario Espasa, 66, (1929), p. 930-987. GÓMEZ, I.M., La cartuja en España, «Studia Monastica», 4, (1962), p. 139-175. La mejor y más actual síntesis sobre los jerónimos, REVUELTA SOMALO, J.M., Los jerónimos. Guadalajara 1982. Sobre los cistercienses, MARTÍN, E., Los Bernardos españoles. Historia de la Congregación de Castilla de la orden del Cister. Palencia 1953.


VICENTE ÁNGEL ÁLVAREZ PALENZUELA  | Universidad Autónoma de Madrid | vallenajerilla.com


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