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La premonición del bitcoin

Las burbujas no son una mera expresión de la locura de las masas– como tampoco son simples manifestaciones de un exceso de liquidez y apalancamiento–. Sin embargo estos dos elementos están presentes en el aumento extraordinario del bitcoin a lo largo de los últimos meses. Todas las burbujas espectaculares van acompañadas de una premonición sobre el futuro. El problema es que acaban resultando ser premoniciones altamente deficientes. En este sentido el bitcoin tiene mucho en común con las grandes manías especulativas de la historia.

El gobernador del banco central de Nueva Zelanda, Grant Spencer, está en lo correcto cuando afirma que el bitcoin guarda parecido con una burbuja “clásica”. Primero se produce la reveladora explosión super-exponencial del precio. Las acciones de la Compañía del Mar del Sur se multiplicaron por diez en 1720. La criptomoneda más popular ha multiplicado ya por dos esa cantidad en los últimos doce meses. Los activos que padecen la dinámica de burbuja también exhiben una volatilidad tremenda durante la etapa en que ésta se deshincha. Las recientes oscilaciones de precio del bitcoin parecen indicar lo mismo.

Las grandes burbujas atraen especuladores de todo tipo y de todas partes. En el punto álgido de la burbuja de Mississippi en Francia, también en 1720, se estima que casi medio millón de extranjeros acudieron en manada a Paris. En la era de internet el bitcoin supera con creces el esquema montado por John Law. Coinbase, una empresa que ofrece monederos de bitcoin, alardea de sus 12 millones de cuentas –el triple que hace un año–. Si el fraude del Mississipi inventó a los primeros “millonarios” en papel, el bitcoin parece que está produciendo billonarios digitales – incluyendo la notoriedad de los gemelos Winklevoss de Facebook, según reportajes periodísticos.

Cada gran burbuja produce grandes anécdotas. El trabajo de Charles Mackay’s sobre las primeras burbujas “Delirios populares extraordinarios y la locura de las masas” está repleto de esas leyendas urbanas. La CNBC informó recientemente que una joven familia holandesa había vendido su casa, sus coches y otras posesiones y se mudó a un sitio de acampada. El padre trató de alimentar sus hijos con las ganancias de las criptomonedas. El programador informático que usó bitcoins para comprar pizzas en mayo de 2010 pagó por su comida más de 150 millones de dólares a precios actuales.

Georges Soros argumenta que una “super-burbuja” solo se forma después de que haya sobrevivido a una prueba severa pues eso provoca que los inversores queden imbuidos en un sentido de invencibilidad. Bitcoin ha capeado un gran número de pruebas. Después de alcanzar el pico de cerca de 1000 dólares a finales del 2013, perdió más del 75% de su valor a lo largo de los siguientes 18 meses, antes de empezar su más reciente y épico ascenso. El bitcoin también ha sobrevivido a un número de escándalos, incluido el hurto mayor a la casa de cambio Mt. Gox cuando miles de millones de dólares de bitcoins (al valor presente, en cualquier caso) se desvanecieron.

Todas las grandes burbujas ocurren en periodos de dinero fácil cuando los tipos de interés están bajos o en caída y la liquidez es super-abundante. La manía de las tulipas holandesas, por ejemplo, apareció a mediados de la década de 1630 en un momento de masivos influjos de capital, caída de tipos de interés y una masiva emisión de dinero llevada a cabo por el banco de Amsterdam Wisselbank, el primer banco central de Europa. ¿Les suena familiar? A principios de 2017 los mayores bancos centrales del mundo estaban expandiendo sus balances como no lo habían hecho antes. Actualmente hay bonos en todo el mundo con un valor cercano a los 11 billones ofreciendo rendimientos negativos. La bolsa americana es más cara que nunca, con la excepción del pico de las punto-com en los primeros años de la década de los dos mil. Eso deja a los ahorradores con un dilema incómodo: especular o morir de hambre.

El objeto por excelencia de especulación es que no genere rendimiento y por lo tanto es imposible de valorar. Piense en esos bulbos de las tulipas o en el oro a finales de los setenta, o el arte contemporáneo en los años recientes. El bitcoin, que no produce ingresos, tiene restringida la creación de oferta, y su propiedad está concentrada en relativamente pocas manos (en torno al 95% de las monedas se concentran en tan solo un 4% de las cuentas), lo que provee una flotación libre muy pequeña, es el activo especulativo más perfecto jamás concebido. Añádele un poco de apalancamiento, la apertura del mercado de futuros y no hay límite al aumento potencial del bitcoin.

La palabra especulador deriva de la palabra latina que se usa para referirse a un observador. Su variedad financiera mira hacia el futuro y respalda su visión con dinero. Las grandes burbujas son a menudo premoniciones asombrosamente exactas del futuro. La manía de las tulipas del siglo XVII anticipó el desarrollo de la industria de flores del país, ahora una de las principales exportaciones de Holanda. La manía de los ferrocarriles en Reino Unido de la década de 1840 reflejaba el entusiasmo por el potencial comercial y cultural de esta nueva tecnología de transporte. Del mismo modo los especuladores en la burbuja de las punto-com previeron cómo internet cambiaría profundamente nuestras vidas.

La burbuja del Mississippi se presenta más relevante para lo que hoy sucede con las criptomonedas. Law creyó que la moneda no necesitaba estar respaldada por una mercancía. Estableció un banco, el Banque Générale, que emitía papel moneda y desmonetizó el oro. Law usó los nuevos billetes de banco para apoyar el precio de las acciones de su Compañía Mississippi y reducir la tasa de interés –en otras palabras, trajo al mundo el primer experimento de flexibilización cuantitativa–.

La visión de Law era profética: hoy día vivimos en su mundo de papel crédito y dinero del banco central. Sin embargo esa visión era profundamente deficiente. Law trató de lograr, en el espacio de unos pocos años, lo que tardaría dos siglos y medio en cumplirse. Solo en 1971 el vínculo entre las monedas y el oro se rompió finalmente con el colapso del acuerdo monetario de Bretton Woods. La confianza en lo que Law llamó su “sistema” colapsó rápido y el precio de las acciones de Mississippi Co’s cayó un 90%. Law, quien en su apogeo alardeó de ser el hombre más rico del mundo, murió en la penuria en Venecia. Los especuladores en bulbos de tulipas y en todas las otras grandes manías han aprendido de mala manera que, en la inversión, llegar el primero es estar equivocado.

Esto nos lleva de vuelta a las criptomonedas. Pretenden curar los problemas monetarios actuales –una falta de confianza en el papel crédito y el dinero del banco central– con una nueva tecnología, la base de datos distribuida o cadena de bloques (“blockchain”). Los creyentes del bitcoin lo llaman revolucionario –“cambiará el mundo”–. Quizás están en lo cierto –a muy largo plazo–.

Si ese momento llegara el bitcoin no sería un contendiente. Su tecnología es simplemente demasiado ineficiente. Las transacciones en la red son demasiado caras, extremadamente intensivas en energía y puede tomar días para cerrar una transacción. Amazon no va aceptar pagos en bitcoin. El gobierno de los EEUU no aceptará bitcoins para el pago de impuestos. En pocas palabras, el bitcoin como moneda no va a ningún lugar, excepto en los mercados que está empujando hacia arriba. Se parece a las latas de sardinas emblemáticas de los buscadores de oro: buenas para comerciar, pero no para comer.

Los movimientos de precios super-parabólicos a menudo contienen su propia premonición, es decir, que su final se acerca. Cuando el boom de las tulipas acabó, el precio de los bulbos Gouda cayó de los 60 guilders a lo que ahora sería equivalente a alrededor de 10 centavos, una caída del 99,8%. Dado que el bitcoin se ha disparado mucho más arriba que las humildes tulipas y tiene incluso menos valor intrínseco, la posibilidad de que se produzca una caída de similar magnitud no está excluida.

 

 


Publicado en sinpermisoEdward Chancellor, historiador de las finanzas y columnista de Financial Times | (PrintPDF)


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