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Herencia Literaria del Universo Ecológico

 

 

Por María Juliana Villafañe –

     La ecología ha sido un tema desarrollado por muchas culturas, desde la más antigua hasta el presente.  La palabra ecología fue introducida en 1866 por el científico alemán Ernst Haeckel y define su concepto como “la totalidad de la ciencia de las relaciones del organismo con su entorno”.  Está vinculada con la tierra y su conservación, con la vida y su desarrollo; con la perduración de todos los seres.  Para cada cultura antigua que examinamos, hay una trayectoria de empatía hacia la tierra que toma precedente sobre el impulso que hay de explotarla.  Para cada cultura, la tierra es su historiador, el santuario donde yacen los restos de sus antepasados, la fuente de su espiritualidad, el conocimiento, la imaginación, el idioma y la tradición.  Les sirve de guía y alimento, medicina, comodidad y alegría.  Es adorada, deseada, y sobre todo respetada.

Pero hoy la realidad es otra.  El progreso ha llevado a la contaminación de las aguas y del aire, la deforestación, el derroche de la energía, la superpoblación y muchos otros aspectos negativos como resultado del desarrollo material del mundo.  Se ha ignorado la íntima relación entre la naturaleza y los seres humanos, una enseñanza que ha estado presente en todas las culturas, desde la más antigua hasta el presente.

La ecología estudia de manera amplia al hombre en sus relaciones con la tierra y el ambiente, se interesa por su seguridad, salud, conservación y felicidad.  El ser humano ha dejado constancia de esa relación en su literatura, en sus ceremonias religiosas, en sus expresiones creativas, en sus rituales, en sus canciones, historias y mitos.

Durante el siglo XIII en el Japón, el pensador y maestro Dogen Kigen escribía: “el océano habla y las montañas tienen lenguas, ese es el lenguaje cotidiano de Buddha, si puedes escuchar y hablar tales palabras serás alguien que comprenderá verdaderamente el universo entero”.  O como expresaba el poeta y peregrino Matsuo Basho: “Haz que el universo sea tu compañía, lleva siempre en tu mente el verdadero significado de la creación, montañas y ríos, árboles y pastos, y la humanidad”.

En Grecia, el primer poeta épico Homero, escribió un himno que tituló:  A la Tierra, Madre de Todo.  Se dice que lo compuso para la época de la guerra de Troya 1220 A.C. y unos versos dicen: “Le cantaré a la bien formada Tierra, madre de todo y la más antigua de todas, que nutre todas las cosas vivientes en la tierra.  Su belleza alimenta a quien la camina, y todo el que se mueve en lo profundo y vuela en el aire.”

Expresaba el poeta y novelista de Nigeria, Chinua Achebe que “Africa no es solamente una expresión geográfica, es también un paisaje metafísico – una visión del mundo y del cosmos en su totalidad, percibido desde una particular posición”.

Lo que los une según el escritor y filósofo John S. Mbiti es la tierra que les provee con “las raíces de la existencia y los une místicamente a los que han partido”.  Cuando deben dejar la tierra se llevan un poco de ella para dar continuidad a sus raíces.

Los indios americanos dejaron un legado en sus escritos sobre sus protestas, al ser obligados a convertirse y hacer cosas que iban en su contra. Un poema escrito por Smohalla, un profeta de sueños que lanzó su antipatía hacía los blancos que querían que él se convirtiera en agricultor, dice: “Tú quieres que yo are la tierra. ¿Debo acuchillar y rasgar los pechos de mi madre?  Entonces, cuando yo muera, no me acogerá en su regazo para descansar”.

Otro ejemplo es el de los Kogi, descendientes de los Taironas, quienes viven en la Sierra Nevada de Santa Marta en Colombia.   Esta es una sociedad que data desde la pre-conquista de América, antigua y moderna a la vez.  Perdidos en las montañas, se llaman a sí mismos, nuestros Hermanos Mayores. Y se refieren al resto del mundo como los Hermanos Menores. Su creencia fundamental es que son los guardianes de la vida en la tierra, toda su vida es dedicada a la salud del planeta. Afirman que poseen un sistema muy desarrollado de comunicaciones con otras esferas, esencial para el ordenamiento correcto del universo.  En su mundo existe una relación entre todas las cosas.  Aceptan y respetan la presencia de toda vida. Enseñan cánones ecológicos muy antiguos como topografía, astronomía, fisiología, historia de la tribu y tienen una familiaridad íntima con la vida vegetal y animal.

Pensemos sobre lo que nos dice este proverbio de un Mama Kogi (maestros, sacerdotes custodios del pensamiento cosmológico): “Tú no puedes cortar una mata de plátano, porque una mata de plátano es como tu padre, como tu madre.  Tú tienes que respetarla como a cualquier persona. No debes cortar un árbol de mango o aguacate (palta para algunos).  Cualquier árbol que crece es como un ser humano y también sufre”.

Alguien tiene que defender nuestra tierra, un compromiso con la vida que denuncia los peligros que la amenazan, estudia los problemas del ambiente y propone soluciones adecuadas. La lucha continúa siendo uno de los mayores ejemplos de la actualidad, es la batalla de Máxima Acuña, campesina peruana que detiene a una mega minera en Cajamarca y quien recibiera el premio ambiental Goldman. Una mujer que no sabiendo leer o escribir ha manifestado “yo defiendo la tierra, defiendo el agua, porque eso es vida. Yo no tengo miedo al poder de las empresas. Seguiré luchando por los compañeros que murieron en Clendín y Bambamarca y por todos los que luchan en Cajamarca”. Una mujer que ha inspirado a muchos que dejarán su huella en la literatura con su historia.

Cuando el gran terremoto de Huáraz en los andes peruanos devastó toda la ciudad, un poblador dijo: “mi alma y mi cuerpo están felices aquí, todas las mañanas veo mi Huascarán, mis montañas, mis picachos nevados. La razón por la que no me voy es porque si lo hago, Huáraz va a sufrir un poco más.  Huáraz necesita de la gente”.

En 1990 los Kogi desearon romper su silencio de siglos y dar su mensaje a los Hermanos Menores a través de la obra del escritor Alan Eleira en su libro Los Hermanos Mayores, porque dicen que el hermano menor ha perdido su perspectiva, está provocando al universo.  Estos le están haciendo daño a la Tierra e hiriendo a la Madre.  Deben de dejar de extraer los minerales de la Madre Tierra y de explotar sus recursos.  Puesto que la ignorancia y la avaricia están trayendo el final de la vida, en la Tierra, como la conocemos.  Creen firmemente qué si no cambiamos nuestras formas, el planeta dejará de ser fértil. Según Eleira ellos no volverán a manifestarse.

El Dr. Manuel de La Puebla en el volúmen 43 de la revista Mairena, trató el tema de la poesía y la ecología y nos decía: “Los poetas han sido siempre ecologistas. Han admirado, cantado, idealizado, transmutado y defendido a la naturaleza en todas las épocas y de las maneras más diversas”.  Un buen ejemplo de ello es el libro de la poeta puertorriqueña Etnairis Ribera, Pachamamapa Takin, canto de la Madre Tierra, inspirado en la mitología incaica, hecha sentimiento personal.  La pachamama, o Madre-Tierra, está vista bajo la simbología de la mujer que amamanta a sus hijos.  Mario Benedetti en su poema De Árbol a Árbol dice. “¿Sabrán los cedros del Líbano/ y los caobos de corinto/ que sus voraces enemigos /no son la palma de camagüey / ni el eucalipto de Tasmania/ sino el hacha del leñador / la sierra de las grandes madereras / el rayo como látigo en la noche?”

La poesía nos enseña que los seres humanos formamos parte de un todo, el universo, y gracias a esta adherencia, y a la energía recibida de la tierra, participamos a la vez de una relación terrena y cósmica, somos parte de un orden trascendente.  “Un objeto, un sentimiento, un paisaje, una persona – señalaba Gastón Baquero – conservan secretamente siempre, sus raíces estelares…la Tierra está atada al universo”.

Hay un equilibrio entre la tierra y el universo. Hay un mundo interior que nos guía y nos lleva a percibir esa voz que nos deja saber, que no estamos solos en ese universo.  Como lo perciben los Kogi y aseveran que tienen un sistema de comunicación con otras esferas, así me ocurrió a mí cuando escribí el libro Aurora y sus Viajes Intergalácticos.  Esta historia toca el tema ecológico, pero desde la perspectiva de un mensaje sideral.  Si no estamos solos en el universo, lo que hagamos en la tierra se reflejará en su equilibrio. Tenemos la responsabilidad de escribir y aportar a la ecología a través de nuestros talentos. Los poetas, escritores, cantantes, pintores, investigadores, economistas, naturalistas, comunicadores ambientalistas y demás, tienen el poder de llegar al colectivo y enviar los mensajes para que lleguen a donde tienen que llegar.  Les invito a que retomemos las viejas tradiciones y la sabiduría de los llamados pueblos primitivos, que sabían desde siempre las profundas relaciones entre la naturaleza y los seres humanos. Como decía Amadou Hampaté Ba, sabio de Malí, África Occidental: “Tenemos la profunda convicción que todo en el universo está interconectado, nada permanece solo.  Cualquier violación a las leyes sagradas causa un profundo disturbio en el balance cósmico, que a su vez provoca un inmenso desequilibrio sobre la Tierra”.

O como dijo la escritora venezolana María Isabel Novillo en su crítica a mi cuento: “es verdad que sabemos tan poco de los espacios y moradas que no son de este mundo, el que vemos y tocamos, que casi llegamos a pensar que él es lo único que hay.  ‘Aurora y sus Viajes Intergalácticos’ nos hace comprender que la llamada realidad que tenemos y vivimos pudiera no ser o, al menos, no ser la única.  También pudiera suceder qué en este cuento, presentado en la ciudad de Mérida, la más alta de Venezuela, no todo sea un cuento, y en él se lancen señales de bengala a quien sepa mirarlas.”

Miremos y sintamos a nuestra Madre Tierra. Su grito ruge en la voz de sus volcanes en erupción, sus tsunamis, huracanes, inundaciones, deslaves, contaminaciones, tornados. ¿La escuchan?

 

Por María Juliana Villafañe

 


Este escrito fue presentado en Miami en el XII Encuentro Internacional de Escritoras Marjorie Stoneman Douglas celebrado en Miami, el pasado mes de Septiembre.


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