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¡ES LA IGUALDAD, ESTÚPIDO!

Fran Sanz & Pepe Reig –

Siempre lo habíamos sospechado, pero ahora lo sabemos de modo práctico: la desigualdad no es compatible con la democracia. A largo plazo la socava y la debilita, haciendo aparecer mecanismos autoritarios destinados a controlar el descontento social y discursos populistas orientados a manipularlo. La deriva autoritaria de algunas democracias europeas (con abusos legislativos como la Ley Mordaza, sin ir más lejos) son ejemplo de lo primero. El paradójico anti elitismo de Trump, las mentiras del Brexit y la deliberada “construcción mediática” del nuevo enemigo inmigrante en toda Europa, lo son de lo segundo.

Varios procesos convergentes actuando en diversos planos nos han traído hasta aquí:

  1. el largo ciclo de religión neoliberal, con su retahíla de privatizaciones, desregulaciones, desprotección social y deconstrucción del bienestar, que contaminó todo el espacio político desde los ochenta hasta desnaturalizar a la propia socialdemocracia
  2. la espiral acelerada de la globalización con su libertad transfronteriza de capitales y mercancías, pero no de personas ni de derechos
  3. la desindustrialización y deslocalización con la consiguiente disolución de las viejas identidades de clase
  4. el vértigo de la automatización universal y su cortejo de pérdida del “empleo duradero” y sustitución por empleos precarios y fugaces
  5. y lo que parece el efecto “colateral” de todo ello en las economías menos afortunadas junto a la agudización de la conflictividad internacional, en forma de migraciones y éxodos masivos dirigidos a los antiguos paraísos

Si el ciclo del Bienestar, entre 1945 y 1979, redujo considerablemente las desigualdades de renta y facilitó una expansión casi constante durantetreinta años, el ciclo neoliberal (1979-2008) hizo justo lo contrario en el plano social, aunque disparó la economía financiera. La deslegitimación de aquel “contrato social” de posguerra ha sido desde entonces la verdad oficial. Y si es cierto que el Estado del Bienestar ha aguantado razonablemente en aquellos países donde era más sólido, también lo es que la desigualdad global –y la local de Europa- se ha disparado incluso aunque haya disminuido la pobreza extrema.

Tal como sabía bien Joseph Stiglitz “las sociedades sumamente desiguales no funcionan de forma eficiente, y sus economías no son estables ni sostenibles a largo plazo” (El precio de la desigualdad, 2012).

Pepe Reig y Francisco Sanz son colaboradores habituales de la revista Los ojos de Hipatia, durante casi una década han escrito sobre los retos de la izquierda, sobre sus crisis y la necesidad de entender y abordar un mundo cada vez más complejo, haciendo hincapié en las dificultades de los partidos de izquierda para adaptarse a un mundo cambiante y la urgencia de sus reformas en un sentido democratizador, integrador y de apertura. Son cien artículos militantes que han dado como fruto el libro: “SOCIALISTAS AHORA. MILITANCIA Y DISCURSO”, cuya edición y presentación está próxima y que, como introducción al mismo, publican este artículo: “ES LA IGUALDAD, ESTÚPIDO”.

De acuerdo con el que se considera el más completo estudio sobre la desigualdad, el de Picketti(El capital en el siglo XXI. 2014), desde hace décadas el rendimiento del capital supera con mucho las tasas de crecimiento de la economía lo que, unido al desarme fiscal, conduce a una acumulación sin precedentes de riqueza en la elite. Esto significa que el patrimonio heredado crece más que la producción y la renta. Stiglitz llamaría a esto una “oligarquía hereditaria”.

Ahora sabemos también que esa oligarquía hereditaria ha tomado en todas partes un camino que Ariño y Romero describen como La secesión de los ricos (2016), proceso que consiste en la gestión extraterritorial de sus fortunas, al tiempo que presionan en el marco nacional para blindarse normativamente frente a cualesquiera obligaciones fiscales, legales, sociales o medioambientales. Los muy ricos se escapan. La utopía del millonario es no deberle nada a la sociedad que le dio sus millones.

Fracaso neoliberal (y socialdemócrata)

Pero en cuanto el fracaso neoliberal se hizo clamoroso en 2008, porque la propia desigualdad que había venido fomentando se volvió contra el mercado y arruinó los planes de expansión infinita, los antiguos promotores del Estado del Bienestar no estaban allí para recoger su triunfo, porque se habían ido dejando seducir por la música  irresistible de la desregulación. La tercera vía de Blair y Schröder, con sus versiones latinas más o menos tardías, subrogada al neoliberalismo, se había convertido en parte del fracaso.

La socialdemocracia, olvidado tiempo ha el viejo internacionalismo, no había hecho su propio discurso sobre la globalización y no tenía, por tanto, ningún relato alternativo a la “internacional de los ricos”. No fue capaz de oponer a la globalización desequilibrada (capitales sí, derechos no) siquiera una hipótesis, no digamos inversa (libre circulación de personas y no de capitales), sino una globalización equilibrada que avanzara a dos patas: Tasa Tobin, para el control de capitales, y regulación coordinada de los flujos migratorios como un derecho humano.

Tampoco la socialdemocracia supo qué hacer con la disolución (quizá Baumann habría dicho “licuación”) de la clase obrera que le había dado apoyo durante medio siglo. El proceso de jibarización (tamaño) y dedilución (espesor) de la clase a manos de la tecnología y de la deslocalización la dejó sin sujeto histórico. No se supo ver que una ciudadanía integrada por lo que quedaba de aquella clase y las nuevas clases medias urbanas progresistas, aunque de identidades plurales, habría debido ser suficiente base social.

Tampoco supo la socialdemocracia desactivar el discurso disgregador del “capitalismo popular”, que con su propaganda de acceso a la propiedad y al adosado en las afueras, desarticulaba espacios urbanos, identidades locales y mayorías electorales.

Ni siquiera llegó a tiempo de ensamblar una salida viable al falaz y peligroso mantra del productivismo y el crecimiento sin fin. Una alternativa que habría podido empezar a dibujar un desarrollo diferente del Estado del Bienestar, capaz de incorporar una teoría de la justicia menos dependiente de la posesión y más atenta al valor medioambiental.

Por último, tampoco supo la socialdemocracia imponer una senda de ataque a la crisis que no profundizara en las desigualdades que la habían generado y aceptó, sin mayor enmienda, la austeridad y los rescates bancarios que demandaba el capital financiero.

Hacia el interior de las propias organizaciones socialdemócratas no fue menor la atonía y falta de ideas. Se llegó tarde y mal a las demandas cívicas de transparencia y democracia interna y no se hizo nada por evitar los mecanismos de “selección adversa” (Belén Barreiro, 2003) que estaban empobreciendo la dirigencia a todos los niveles. Ni se ha aprendido a gestionar la renovación de las elites partidarias, ni se ha aceptado con todas sus consecuencias el juego de corrientes y primarias ciudadanas. Tampoco se avanzó en los requerimientos actuales de inteligencia organizacional ni en las potencialidades de la comunicación en internet. Como si un partido del siglo XXI pudiera permitirse permanecer de espaldas a las nuevas formas de autoorganización y trabajo en red que han actualizado los movimientos de protesta en los últimos años.

¿Nuevo dilema?

Los electores abandonaron a la socialdemocracia porque había dejado de estar donde debía. Y votan erráticamente otras alternativas, porque siguen a la espera de alguien que rectifique.

Así pues, fracasado el neoliberalismo en su propio exceso y desaparecida la izquierda reformista en su renuncia, quedó libre el campo para los nuevos desvaríos populistas. Trump, Le Pen,  Wilders, NigelFarage… y sus  réplicas al otro lado del espectro. Una parte de los beneficiarios de aquella desigualdad inducida querrían ahora echar el freno y amarrar sus intereses antes de que el desorden resultante se los arrebate. Proponen volver al marco nacional y al cierre de fronteras, como si la historia tuviera marcha atrás. Y la tiene, es cierto, pero a costa de mucha sangre y mucha esclavitud. Hoy sabemos que no hay soluciones nacionales al desorden internacional. Esa falacia ya la hemos probado.

Cuando debiéramos estar discutiendo cómo corregir una globalización que, en su desequilibrio a favor del capital, se ha revelado como disfuncional para la economía, peligrosa para la democracia y dañina e injusta para la sociedad, resulta que nos quieren llevar a otro falso dilema. Querrían que eligiéramos  entre neoliberalismo y neoproteccionismo.

El problema es que el neoliberalismo ha aumentado la desigualdad hasta niveles que la democracia no puede soportar y por ese camino, se llega al proteccionismo, que se cargará la democracia. La lucha por la igualdad es cuestión de ser o no ser para los partidos socialdemócratas. “¡Es la igualdad, estúpido!”, habría que volver a gritar. Políticas de igualdad para corregir excesos  (impuestos a la riqueza y al movimiento de capitales), para dar oportunidades (educación y salario mínimo vital), para redistribuir desde la justicia, en vez del resentimiento social.

El dilema de la contemporaneidad vuelve a ser el de siempre, socialismo o barbarie, venga ésta última con la etiqueta neoliberal o neoproteccionista.

 

 


 


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